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El Barrio Rojo y los escaparates cubanos
El Barrio Rojo y los escaparates cubanos
YOANI SÁNCHEZ 10/11/2011
Sonríe pícaramente, habla con la prensa, mira hacia los escaparates
donde las mujeres ofrecen sus favores en el conocido Barrio Rojo de
Ámsterdam. Mariela Castro viaja por Holanda y dedica unas frases a la
prostitución en Cuba y a las drogas que se venden por todo el malecón
habanero. Su ropa impecable, la boina ladeada y esa mirada amable, hacen
a muchos concluir que la hija -sin dudas- suaviza la imagen adusta de un
padre octogenario, general y presidente.
Mientras Raúl Castro se ausentaba de la XXI Cumbre Iberoamericana en
Paraguay, la directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex)
recorría y admiraba la zona más alegre de la capital holandesa. Invitada
a un congreso sobre salud sexual, conversó incluso con algunas mujeres
que practican el más antiguo oficio del mundo. Terminó afirmando que
había quedado impresionada por la manera en que estas féminas logran
"dignificar el trabajo que hacen". Hasta aquí pareciera que el
atrevimiento y la transparencia calan en la nomenclatura de la isla, al
menos a través de sus hijos. Sin embargo, un escenario bien diferente
discurre en casa, isla adentro, lejos de los micrófonos de Radio Nederland.
Merlyn acaba de cumplir los 17, lleva dos años vendiendo su cuerpo a
clientes con pasaporte extranjero que hacen turismo por estos lares.
Pasó cerca de seis meses de internamiento en un campamento de
reeducación, después de que una madrugada la atraparan en el Parque
Central negociando con un cliente. Le teme más a los uniformes azules
que a los fantasmas. Evita a los policías cuando se apostan en las
esquinas del centro histórico, porque su carné de identidad sigue
diciendo que vive en Mayarí, un pueblito del oriente del país. De vez en
cuando, debe pagarle con sus artes a algún guardia de pistola y esposas,
para que no la lleven al calabozo.
El "crimen" de esta jovencita de cuerpo frágil y ojos oblicuos es mayor
ante nuestra rígida legalidad, pues ejerce la prostitución desde su
condición de ilegal en La Habana. Según el Decreto 217 publicado por la
Gaceta Oficial en abril de 1997, ella debería regresar de inmediato a su
lugar de origen si no cuenta con una residencia en la capital. Para
evitar que la introduzcan nuevamente en un tren y la repatríen
forzosamente a su terruño, se ha buscado un chulo que la protege. Él
localiza a los clientes y discute las tarifas, mientras ella aguarda en
un pequeño cuarto del Barrio Chino.
Merlyn no sabe que existe una zona de tolerancia allá en la lejana
Holanda y jamás ha oído hablar de que otras como ella formen sindicatos
o proyecten su voz en la prensa. "Prohibido acercarte a las ventanas",
le ha advertido el mulato de dientes de oro que regenta a una docena de
chicas, de manera que el único escaparate con el que ella cuenta es la
luna de espejo que tiene frente a su cama.
Las prostitutas cubanas, catalogadas una vez por Fidel Castro como "las
más cultas del mundo", siguen atrapadas entre la falta de derechos y la
incapacidad del sistema para reconocer que existen. Durante años el
discurso oficial se pavoneó de que la isla había sido limpiada
totalmente de ese "flagelo del pasado". En realidad, había ocurrido una
devaluación tal del dinero que ya este no podía convertirse en bienes ni
en servicios. Muchas mujeres perdieron así el estímulo de ganarse la
vida con el sudor de su pubis.
No obstante, siempre hubo quienes intercambiaron su cuerpo por ciertos
privilegios y prebendas que hasta finales de los años ochenta solo
podían obtenerse de militares y altos funcionarios. Al llegar los
noventa, con la crisis, las tímidas aperturas a la empresa privada y el
aluvión de turistas que cayó sobre la isla, las vimos reaparecer en las
calles con su ropa ajustada y su juventud extrema. Eran las mismas que
un poco antes habían estado gritando en los matutinos de las escuelas
"Pioneros por el comunismo. ¡Seremos como el Che!".
Las redadas policiales a las afueras de los cabarés, las condenas por el
delito de "peligrosidad predelictiva" y las detenciones arbitrarias
contra estas mujeres han hecho disminuir su presencia en los enclaves
turísticos. Aquella discoteca de Guanabo Club, atestada de muchachas a
la caza de un italiano o de un canadiense, se ve hoy como un bar
aburrido y oscuro.
En lugar de erradicar la prostitución, sin embargo, lanzaron a la
clandestinidad a miles de mujeres que ahora están bajo el control de
algún proxeneta o chantajeadas por policías que les exigen pagar con sus
servicios. Están a años luz de verse siquiera como esas mujeres que
Mariela Castro acaba de encontrar y alabar en el Barrio Rojo holandés.
Allá la conocida sexóloga las encontró mostrándose en los escaparates de
vidrio y luces de colores, aquí su padre las empuja a la sórdida
dependencia de un cuarto sin ventanas.
Yoani Sánchez es periodista cubana y autora del blog Generación Y
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