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Hice en cada momento lo que mi conciencia me dictó

«Hice en cada momento lo que mi conciencia me dictó»
DIMAS CASTELLANOS | La Habana | 23 Sep 2013 – 10:04 am.

Una de las figuras centrales de la oposición cubana, acompañó a la
revolución desde antes del triunfo y terminó condenado a 20 años en las
cárceles castristas. El economista independiente ,
fallecido en Madrid, hace balance de su vida y sus ideas en esta entrevista.

Muere en Madrid el economista Oscar Espinosa Chepe, miembro del Grupo de
los 75

Oscar Espinosa Chepe dedicó su vida a la defensa de las ideas
socialistas de una manera tan consecuente que acabó sufriendo los
rigores del castrismo.

Nacido en Cienfuegos el 29 de noviembre de 1940, Chepe se vinculó al
movimiento revolucionario en el Instituto de Segunda Enseñanza de esa
ciudad. Tras 1959 ocupó diferentes responsabilidades en la Juventud
Socialista (JS) y en la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), en el
Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), en la Junta Central de
Planificación (JUCEPLAN) y en la Oficina del Primer Ministro Fidel
Castro. Fue castigado por sus criterios a recolectar guano de murciélago
en cuevas y a trabajar en la agricultura. En el Comité Estatal de
Colaboración Económica fue encargado de las relaciones económicas y
científico-técnicas con Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia, consejero
económico en la Embajada de Cuba en Belgrado, y especialista en el Banco
Nacional de Cuba, entidad de la que fue expulsado por sus ideas en 1992.
Desde ese momento, Chepe se desempeñó como economista y periodista
independiente, labor por la que en marzo de 2003 fue condenado a 20 años
de prisión, saliendo de la cárcel en noviembre de 2004 mediante una
licencia extrapenal por enfermedad.

La siguiente entrevista tuvo lugar en La Habana, en 2009.

Se habla de Chepe como economista o periodista independiente, pero se
conoce poco de otros aspectos de su vida ¿Cómo fueron tus primeros años,
tu entorno familiar?

Nací en Cienfuegos. Mis padres, de orígenes humildes, llegaron a ser
comerciantes del giro de farmacias. Mi madre también tenía negocios de
inmuebles y junto a mi padre llegó a poseer una droguería en sociedad
con otras personas. Tuve una niñez feliz, pero siempre me interesé por
la historia, la política y la justicia social; interés estimulado por mi
padre, quien fue miembro del antiguo Partido Comunista y participó en la
lucha contra la dictadura de Gerardo Machado, causa por la que sufrió
prisión. Durante los estudios de bachillerato establecí contactos con
miembros de la Juventud Socialista (JS) y otros estudiantes, con los
cuales participé en actividades de protesta contra la dictadura de
Batista, como la huelga azucarera de 1955, cuando los estudiantes íbamos
a las asambleas de los trabajadores a alentarlos para que se unieran al
paro. En esas actividades conocí a dirigentes sindicales que pertenecían
al Partido Socialista Popular (PSP).

¿Sufriste alguna consecuencia por esas actividades?

En 1957 fui acusado de hacer un sabotaje en Cienfuegos, en el cual yo no
había participado, pero me encarcelaron y juzgaron en el Tribunal de
Urgencia de Santa Clara. En ese juicio me defendió quien después fuera
de la República, el Dr. Osvaldo Dorticós Torrado. Salí
absuelto, pero bajo la amenaza del Jefe de la Policía de Cienfuegos de
que tenía que irme de la ciudad. Por esa razón vine a La Habana y
comencé a estudiar en un colegio metodista llamado Candler College,
donde proseguí mi actividad política, razón por la cual a principios de
1958 fui expulsado del centro.

¿En qué organización política militabas en esa época?

Estuve en el movimiento estudiantil vinculado al Directorio
Revolucionario 13 de Marzo hasta el triunfo de la revolución. Entonces,
cuando se reorganizó la JS, que era la organización juvenil del Partido
Socialista Popular, empecé de nuevo mis vínculos con esa organización.
Fui su presidente en Cienfuegos y miembro del Comité Provincial en la
antigua provincia de Las Villas, hasta que se produjo la integración de
las organizaciones juveniles en la AJR, en la que llegué a ocupar el
frente de propaganda en el Comité Provincial en Las Villas y a integrar
el Comité Nacional. En esta organización participé en la creación de los
comités de base en Cienfuegos, incluso en zonas rurales donde habían
alzados contra el Gobierno.

Recuerdo que un dirigente campesino con quien participábamos en esas
tareas, Juan González, más tarde perdió la vida en una emboscada. Mucho
después, cuando ya estaba en el Comité Provincial, uno de nuestros
choferes también murió en otra emboscada; se llamaba Héctor Martínez, un
joven humilde de origen campesino y como todos nosotros, lleno de
ilusiones. Fue una etapa muy triste en la que los cubanos nos
enfrentamos en una guerra que no tenía sentido, porque era entre
hermanos. Después el Gobierno de forma cruel desalojó de las montañas a
muchas familias, con la pérdida de sus tierras y pertenencias bajo el
pretexto de que cooperaban con los alzados en armas. Con esas familias
se crearon pueblos fantasmas en Pinar del Río y en otras provincias. Fue
una etapa sangrienta en la que se impuso el odio. Duró varios años y
solo salió victorioso el totalitarismo, al implantar el miedo en la
sociedad. Los cubanos en su conjunto, incluidos los que arriesgaron sus
vidas por un ideal, salimos derrotados.

¿Hubo en esa etapa algún hecho significativo que te dejara marcado?

Hubo muchos. Recuerdo en Cienfuegos las primeras milicias que fueron a
combatir al Escambray. Yo estaba en un batallón que mandaron para Cayo
Loco, donde se encontraba el remanente de la Marina de Batista, que
estaba bajo sospecha. También recuerdo el entusiasmo, porque en aquella
época la revolución tenía un apoyo abrumador. Otro hecho muy emocionante
fue la Declaración de la Revolución como socialista. Yo estaba hablando
en una asamblea de la AJR en Sancti Spiritus y en ese momento venía un
montón de gente por la calle con banderas rojas gritando ¡Viva la
revolución socialista!, y era que Fidel Castro había proclamado el
carácter socialista en La Habana, en vísperas de Girón. Al otro día,
cuando muy temprano se conoció del desembarco por Girón, me subieron a
un jeep sin saber para dónde iba y era para proteger con ametralladoras
calibre 30 el de Santa Clara. Yo iba como una especie de
Comisario, con milicianos que no tenían mucha experiencia, pero con una
disposición total al sacrificio. La misión era proteger ese lugar
estratégico, poco distante de la Ciénaga de Zapata, de los ataques de la
aviación. Por suerte no pasó nada. Esos momentos nos marcaron, creíamos
que íbamos a convertir a Cuba en un paraíso y abrumadoramente el pueblo
estaba lleno de esperanzas. Había una confianza total en el futuro, en
los líderes, en especial en Fidel, en el Che, en Raúl. Para muchos de
los que procedíamos de la JS la referencia mayor era Raúl Castro;
sabíamos que él había estado en la JS. Eran tiempos de un enorme
entusiasmo e ingenuidad, sentimientos transformados posteriormente en
una colosal frustración.

Después de esa primera experiencia en el movimiento juvenil ¿militaste
en alguna otra organización política?

Milité en las Organizaciones Revolucionaria Integradas (ORI), llegué a
ser Secretario de núcleo en el Instituto Nacional de Reforma Agraria
(INRA), donde era Jefe de Departamento cuando se estaba formando el
Partido en el seno de las ORI. Allí estaba Antero Regalado, un viejo
líder campesino y otros dirigentes que eran altos funcionarios del INRA.

¿El INRA era en aquel momento algo como un Gobierno paralelo?

Sí, sí, era un Gobierno, incluso las Zonas de Desarrollo Agrario eran
casi repúblicas y los jefes de esas zonas eran los que confiscaban la
tierra, eran jerarcas con un poder tremendo. En la Dirección de
Planificación de los Abastecimientos, donde yo trabajaba, al principio
pusieron a un latinoamericano como responsable, pero el hombre resultó
un desastre, y como no había más nadie, me pusieron a mí de Jefe. Yo
tenía unos 21 o 22 años y mis conocimientos se limitaban al
bachillerato. En aquella época recuerdo que al poco tiempo quitaron del
INRA al Ingeniero Santos Ríos. El Presidente era Fidel Castro, pero en
la práctica ese señor era el que dirigía el organismo; entonces lo
quitaron y nombraron a Carlos Rafael Rodríguez, como presidente del
INRA, y me pusieron en un cargo que yo no quería, porque sabía que no
tenía conocimientos, mi objetivo entonces era estudiar economía en la
Universidad de la Habana. Además, había unos planes especiales de Fidel
Castro que solo él controlaba. A las tres semanas de terminarse el Plan
del año se aparecían los enviados de los proyectos de Fidel con otros
planes y entonces se desbarataba toda la planificación al desviarse los
recursos… aquello era una locura.

¿Después de eso ocupaste algún otro cargo dentro del Gobierno?

Después pasé a la JUCEPLAN. Allí hicieron cambios de funcionarios y le
pidieron personal a Carlos Rafael. Entre los que seleccionaron estaba
yo. Fui a trabajar en el sectorial de la agricultura como Jefe del
Departamento del Plan de Abastecimientos para la Agricultura y la Pesca.
Trabajaba por el día y estudiaba economía por la noche en la Universidad
de La Habana, hasta que se crearon los Equipos de Investigación
Económica. Entonces me escogieron para trabajar en el equipo de Ganadería.

Unos meses después de haberse creado esos equipos parece que Fidel
Castro decidió que algunos pasaran a trabajar directamente con él,
siendo ubicados en la calle 11, cerca de donde vivía Celia Sánchez. Allí
hacía lo que me mandaban, me pusieron en lo de la inseminación
artificial, que fue una locura, porque un plan de inseminación se supone
que se haga para un lote de vacas escogidas con determinadas
características y aquello era inseminar a cuantas vacas aparecieran. Al
mismo tiempo fui al campo y me di cuenta del desastre que había. Los
propios guajiros y los dirigentes del INRA en el Escambray me enseñaban
que aquello no iba bien. En ese tiempo tuve la oportunidad de comenzar a
leer a algunos economistas del campo socialista. De los soviéticos
recuerdo a Liberman, y a los polacos Oskar Lange, W. Brus y M. Kalecki,
que planteaban críticas dentro del marco del socialismo.

Yo empecé a darme cuenta de muchas cosas y trabajando con Fidel Castro,
comprendí que algunas cosas carecían de racionalidad, como la
liquidación del estímulo material que ya el Che había propugnado, la
destrucción sistemática de la contabilidad y los controles económicos y
en particular la confiscación masiva de la propiedad privada. Fui
espectador de la polémica entre el Che Guevara de un lado, que defendía
el Sistema Presupuestario de Financiamiento, que era una monopolización
de toda la economía, y Carlos Rafael Rodríguez de otro, que mantenía
posiciones de autogestión, más lógicas y flexibles, aunque, como
descubrí después, también impracticables en un sistema disfuncional.
Teóricamente Carlos era brillante, pero además astuto y no sostenía la
polémica directamente con el Che, sino a través de terceras personas. El
Che era un hombre que con su teoría económica estaba totalmente
equivocado, la historia se encargó de demostrar su error, y hoy en Cuba
ni se menciona el Sistema Presupuestario.

Ante esa situación yo expuse mi criterio en el equipo, lo defendí y por
eso me llevaron a una reunión para convencerme de mis “concepciones
erradas”. No me convencieron y entonces me llevaron a una discusión con
José Llanusa Gobel, que en aquel momento era Ministro de Educación y
persona muy cercana a Fidel Castro.

¿Qué ocurrió en esa reunión?

Tuvimos una discusión fuerte, él queriéndome convencer y yo cada vez más
fortalecido con mis ideas por las propias cosas que él me decía, como
esa de construir el comunismo y hasta suprimir el dinero. Yo le
preguntaba: ¿sobre qué base económica y qué conciencia? Yo le aceptaba
que tenía que haber estímulos morales, pero al mismo tiempo que había
que pagarle más a la gente, en concordancia con la cantidad y calidad
del trabajo realizado, que es lo que últimamente ha estado diciendo Raúl
Castro. Llanusa me dijo que yo estaba muy mal.

Al poco tiempo compraron un toro en Canadá que parecía un elefante y nos
mandaron un recado para que fuéramos a verlo. Allí estaba Fidel,
impresionado, dándole vueltas al toro. Después se comprobó que lo habían
dañado, parece que le sacaron mucho semen antes de venderlo, tanto que
lo perjudicaron. Estando allí llegó Llanusa y se puso a hablar con
Fidel; nosotros nos fuimos, pero al otro día por la tarde llegó Fidel
con la escolta a nuestra oficina y empezó a decirme cosas ofensivas:
nosotros sabemos con quién tú andas y con quién te reúnes. Yo le dije,
mire Comandante, a usted le han informado mal, yo no me reúno con nadie
ni ando con nadie, yo le estoy diciendo a usted lo que me enseñaron en
la Universidad de la Habana. Él tomó aquello como una falta de respeto y
se puso violento. Yo solo le dije la verdad, mis puntos de vista se
fundamentaban en lo estudiado en la Universidad, donde nos impartían
clases muchos profesores soviéticos e hispanos-soviéticos y donde El
Capital de Carlos Marx era nuestro texto básico. En modo alguno, en
aquel momento, yo deseada oponerme a su proyecto, pero no podía callarme
ante tantos dislates y políticas disparatadas, que entre otras cosas
estaban en flagrante contradicción hasta con las concepciones marxistas.

¿Pero eso tuvo alguna otra repercusión?

A los dos o tres días me llamó la jefa del Equipo y me dijo que tenía
que irme de allí. Eso fue en julio de 1967, me sacaron y hasta enero de
1968 estuvieron enviando el salario a mi casa. En ese tiempo se produjo
el juicio a “la microfracción”. Entonces el secretario del Partido en La
Habana, de apellido Betancourt, me citó para preguntarme lo que yo creía
del juicio a “la microfracción”, porque los planteamientos de los
acusados casualmente coincidían con algunos de los que yo había hecho.
Después me preguntó si seguía pensando igual. Le dije “sí, si yo le digo
a usted que cambié, lo estoy engañando. ¿Usted quiere que yo lo
engañe?”. Me dijo “entonces te vamos a mandar a hacer una acción heroica
para que te reformes, porque lo que pasa es que tú nunca has trabajado
duro”.

Me mandaron a sacar guano de murciélago en varias cuevas como La Jaula,
en el camino que va para la Escalera de Jaruco, en Quivicán y en Pinar
del Río, donde me enfermé, por eso me sacaron de allí y me mandaron a
trabajar en el Cordón de La Habana, con brigadas de personas sancionadas
por haber cometido delitos comunes. Aquello era humillante para mí,
porque yo me consideraba un revolucionario. Fue una etapa muy dura, pero
yo seguía en la revolución, seguía pensando que eran errores que se
cometían y que había que soportarlos hasta que se corrigieran, pero el
tiempo pasaba y no se resolvía nada.

¿Cómo fue posible que después de eso trabajaras en el servicio exterior?

Pasados casi dos años de castigo le escribí a Carlos Rafael Rodríguez y
también a Osvaldo Dorticós, que me conocía de Cienfuegos. Entonces un
buen día Llanusa me llamó y se disculpó conmigo; me dijo que se había
cometido un error enorme y que él nunca mandó a hacer lo que hicieron,
que si quería que trabajara con él. Le dije que no, que con él no
trabajaba. Me preguntó ¿dónde quieres trabajar? Le respondí que en el
Ministerio del Azúcar con Miguel Ángel Figueras, un licenciado en
economía que había sido profesor mío y que era viceministro de ese ramo.
Cogió el teléfono y lo llamó e inmediatamente comencé a trabajar en ese
Ministerio, pero realmente yo estaba muy decepcionado.

Un día fui al Centro de Asistencia Técnica (CAT), que coordinaba
Humberto Knight, quien un poco receloso me preguntó si quería ir para
allá. Le dije que sí, porque siempre admiré a Carlos Rafael Rodríguez,
que era quien dirigía esa dependencia. Carlos Rafael era un hombre muy
inteligente y educado; provenía del antiguo Partido Comunista. Empecé a
trabajar como un simple auxiliar, pero confeccioné una metodología para
evaluar el trabajo de los especialistas extranjeros y fui felicitado por
los organismos superiores. Entonces Carlos Rafael me llamó para que se
la explicara. Cuando comenzamos a hablar, yo le digo: “Doctor, usted fue
Comisionado en Cienfuegos al final de la revolución del 33″, y él me
pregunta: “¿Cómo tú lo sabes?” Se quedó mirándome y exclamó: “Ah, ¿tú no
eres hijo de Oscar Espinosa?”.

Resulta que mi papá me había narrado que una vez participó en la
creación de un Soviet, lo cogieron preso y lo mandaron para La Habana.
Entonces Carlos Rafael, que tenía funciones dentro del gobierno de los
Cien Días, lo ve y le dice: “Ven acá cómo tú vas a estar preso en la
revolución”. Y mi papá le respondió: “Esto no es revolución, esto es una
mierda”. Lo ofendió, en ocasiones mi padre era algo agresivo, y el
Partido Comunista en aquellos tiempos era extremadamente arrogante y
sectario. Carlos Rafael me hizo ese mismo relato durante la conversación
y me decía: “¡Tu papá era del carajo! ¿Tú no serás igual que él?”

En resumidas cuentas, me quedé a trabajar con él, a unos metros de su
oficina en el Palacio de la Revolución, en la atención a las relaciones
con Checoslovaquia y a Hungría. Después, también comencé a ocuparme de
los vínculos económicos y científico-técnicos con Yugoslavia. Debo
reconocer que en las oportunidades que pude estar al lado del Dr.
Rodríguez, como lo llamaban respetuosamente en el exterior, aprendí
mucho, sobre todo en lo concerniente a sus opiniones antidogmáticas y
abiertas al diálogo; opiniones reservadas a círculos estrechos de
personas por la posición que él ostentaba. Esto sin poner en duda nunca
su posición de convencido marxista.

¿Qué hacías allí?

Atendía las Comisiones Intergubernamentales y ocupaba las secretarías en
esas comisiones. Además, discutía con la parte extranjera el
establecimiento de Acuerdos, Condiciones Generales de Cooperación y
Convenios Estatales de Crédito, algunos con poderes especiales de
Gobierno, algo raro pues nunca pertenecí al PCC, una condición casi
básica para participar en este tipo de negociaciones. Después nos
mudamos para Primera y B, en el Vedado, y estando ahí empecé a viajar.
El primer viaje fue a Hungría en 1973, lo hice con Carlos Rafael. Por
cierto aquello fue tremendo, había una cantidad enorme de documentos a
suscribir y cuando fui a revisar la mitad de los documentos no se habían
firmado, los tenían que firmar Carlos Rafael y Miklos Ajtai,
vicepresidente del gobierno húngaro. Pensé que aquello iba a ser del
carajo, sin , hablé con Carlo Rafael abiertamente y le dije lo
que había pasado. Me dijo “no hay problemas, ven para acá”, y se
pusieron los dos a firmar después que había pasado el acto de las firmas
y la televisión.

También estuve muchos años de secretario de Checoslovaquia y participé
en muchas sesiones con vicepresidentes del gobierno cubano. Por ejemplo
con José Ramón Fernández, con Ricardo Cabrisas y otros altos dirigentes.
Mi departamento atendía también la parte comercial de las empresas del
Comité Estatal de Colaboración Económica. Tenía una relación laboral
buena, pero pienso que no se me aprobaba como Jefe de Departamento por
el problema que había tenido con Fidel Castro.

¿Qué es lo que no se aprobaba?

No estaba nombrado, era un cargo del Comité Central, yo lo ejercía pero
no estaba nombrado. Estuve así como diez años, viajando, negociando
millones de rublos y después iban los ministros y vicepresidentes a
firmar. Se hacían diferentes negocios, por ejemplo los jóvenes que se
mandaron a Checoslovaquia, a Hungría a trabajar. Me refiero a los
cooperantes. Todos esos documentos yo los negocié, incluso en el caso de
Checoslovaquia los discutí con un viceministro checo. Pero eso no
funcionaba bien. Lo que ocurría era que aquí le decían a los muchachos
que no podían traer esto y lo otro, que solo podían recibir una cantidad
de coronas y el resto se las tenían que dar al Gobierno. Así y todo, los
muchachos estaban locos por irse para allá. Además, los checos y los
húngaros manifestaban que aunque nuestros jóvenes eran muy enamorados y
se fajaban mucho, a la hora de trabajar eran superiores a los de otros
países.

¿Hasta cuando estuviste en ese tipo de trabajo?

Atendiendo Hungría y Checoslovaquia estuve hasta 1984, entonces me
designaron Consejero Económico en Belgrado, Yugoslavia. Tenía una
oficina y una gran autonomía. Esas cosas siempre crean fricción con el
embajador, pero laboralmente no tenía problemas. Comenzó la Perestroika
y yo expresé que estaba de acuerdo con Gorbachov. Entonces un yugoeslavo
me hizo un acercamiento que yo, aunque lo informé al centro de la
Seguridad que había allí, no lo puse en conocimiento inmediatamente del
embajador, me demoré algunas horas. Ellos aprovecharon esa situación y
la tomaron como pretexto porque me querían sacar, ya Fidel había estado
allí en una visita que hizo a Belgrado y me había visto y por la cara
que puso fue evidente que no le gustó mi presencia. Entonces, cuando voy
a Cuba de vacaciones, en abril de 1987, me dijeron que no podía
regresar. Me manifestaron que querían preservarme, que el enemigo me
quería hacer daño. No me dejaron regresar ni a recoger las cosas. A mi
esposa, Miriam, que también era diplomática a cargo de los asuntos de
cultura, prensa y deportes, sí la dejaron regresar a recoger nuestras
pertenencias y siguió trabajando en el MINREX, pero a mí me sacaron del
sector y me enviaron a trabajar al Banco Nacional.

Allí, en calidad de especialista, atendí empresas del Poder Popular y
del Ministerio de Comercio Interior y empecé a hacer planteamientos
acerca de la necesidad de hacer reformas. En marzo de 1992 me citaron a
una reunión en la que sacaron hasta el problema con Fidel. Me dijeron
que cómo iba a estar planteando cosas que se habían discutido en el
último Congreso del Partido. Yo les expresé que yo no tenía por qué
aceptar lo acordado en el Congreso, que no era militante del Partido, y
empecé a discutir con cifras tomadas de la misma institución. Entonces
me sacaron del Banco y remitieron para un banquito que está cerca de mi
casa a llevar papeles sin importancia, donde tú y yo nos conocimos.
Bueno, poco a poco empecé a hacer artículos a máquina y a repartirlos
por todas partes, a los amigos. Ahí tú tuviste el contacto conmigo.
También compañeros de Payá comenzaron a tener vínculos conmigo. Los
papeles que hacía a máquina, tú me ayudabas más tarde a reproducirlos en
computadora. Entonces se fue ampliando el círculo de conocidos y empecé
a tener un programa por Radio Martí que se llamaba Hablando con Chepe,
hasta que caí preso en 2003, fui a prisión y me condenaron a 20 años.

¿Qué efecto tuvo esa condena en una persona como tú que había dedicado
toda su vida a la revolución y al socialismo?

Fue muy duro, incluso hubo un momento muy delicado para mí, fue cuando
me trasportaron para Guantánamo a cumplir la sanción. Hasta el gobierno
de Batista hubiera sido más limpio en la forma en que me juzgaron, las
acusaciones eran mentiras. Fueron tan burdos que me las dieron por
escrito: que si yo era agente de los norteamericanos, cuando todo el
mundo sabe que nunca he estado de acuerdo con la política de Estados
Unidos hacia Cuba; que si tuve reuniones con varios congresistas
norteamericanos, cuando ellos sabían que lo que yo le había planteado a
esos congresistas era que quitaran el embargo. Eso fue una cosa
realmente terrible. He llegado a la conclusión de que yo he seguido la
línea revolucionaria y que es el Gobierno el que ha estado en contra de
esa línea, que se ha convertido en inmovilista, conservador y
contrarrevolucionario, que no es ni nacionalista, porque en práctica ha
dañado la identidad nacional, ha empujado a irse del país a millones de
cubanos, y una parte considerable de la población que queda en la Isla
anhela también marcharse.

¿Sientes odio hacia alguna de esas personas que te hicieron daño?

No, yo trato de evitar el odio, porque te bloquea la inteligencia. Hay
que buscar un punto reflexivo para tratar de entender, pues hay algunas
cosas que no son fáciles de comprender. Yo he llegado a la conclusión de
que en Cuba no puede haber una salida a la crisis sin la reconciliación.
Esa es la única vía que tenemos los cubanos, como pasó en España, como
pasó en . Por supuesto puede haber justicia —justicia para todo el
mundo—, pero Cuba no tiene ninguna posibilidad de resolver sus
problemas, si no es sobre la base de un compromiso nacional y de la
reconciliación. Hay que buscar un compromiso. Mi idea es que podemos
iniciar un proceso de diálogo que pueda terminar, como pasó en los años
30, con una nueva Constitución que se parezca en su espíritu lo más
posible a la de 1940. Ahora, la situación es tan grave que hay que tomar
una serie de medidas como son el acceso de los campesinos a la tierra,
ampliar el rango del trabajo por cuenta propia, permitir la pequeña y
mediana empresa y después una Constituyente que siente las bases como se
hizo en el 40 donde participaron conservadores, cristianos, comunistas,
liberales, todo el mundo. Esa es mi propuesta.

Pero antes sentiste odio ¿Eso significa que has evolucionado?

Sí, hubo una etapa… Tengo que reconocer que yo provengo de las filas
comunistas, donde se hablaba de la lucha de clases y que de cierta forma
se pregonaba el odio, pero yo he superado todo eso, me he dado cuenta de
que eso no lleva a ninguna parte, que no te permite analizar, porque
partes de una serie de prejuicios y llegas a un análisis parcializado.
Por supuesto soy un ser humano y tengo sentimientos, me han perseguido
bastante y puede ser que en algún momento, en algún análisis que haya
hecho, me haya dejado ganar por ese tipo de sentimiento. Trato de
evitarlo, incluso en mis trabajos, y no me acomplejo por eso, he juzgado
a algunos dirigentes cubanos en términos positivos cuando han expresado
cosas que considero acertadas. Por ejemplo, el discurso de Raúl Castro
el 26 de julio de 2007 lo sigo considerando un discurso realista y lo he
dicho, incluso mucha gente me ha atacado por eso y por muchas más cosas
que se he manifestado sobre personas que no son precisamente amigos
míos. Creo que debo seguir por esa línea, para que el odio y los
prejuicios no me cieguen al hacer los análisis. Hay una norma que trato
de seguir, no sé si lo logro siempre, y es tener el corazón muy caliente
y la mente fría.

¿Ocurre que cuando las revoluciones llegan al poder y se convierten en
fuente de derecho, los propios revolucionarios terminan siendo víctimas?

Estoy consciente de eso, pero eso no es revolución. Aquí lo que ha
habido es un asalto al poder por una gente que quiere el poder sobre
todo, eso no lo califico de revolución. El hecho de que alguna
revolución haya tenido , no quiere decir que toda revolución
tenga que usar la violencia. Ha habido muchas revoluciones en distintas
esferas de la vida de los seres humanos que han sido de avance, de
desarrollo, de progreso. Yo no asocio la revolución necesariamente con
la violencia.

¿Lo ocurrido te ha llevado a alguna rectificación en tus ideas?

A la conclusión que he llegado es que las distintas doctrinas no dan la
verdad absoluta. Creo, por ejemplo, que las concepciones que defienden
bien la propiedad privada o bien la propiedad social, no son
contradictorias y pueden coexistir. Hay muchos países en el mundo donde
existe la propiedad pública real —no como en Cuba donde eso es una
ficción— y al mismo tiempo existe la propiedad privada, hay mercados,
hay competencia; o sea, que se pueden compatibilizar las dos cosas. Las
sociedades más exitosas en el mundo son las que han empleado este
modelo, de una forma u otra.

Por ejemplo en el índice de desarrollo humano del PNUD en niveles de
vida, en riqueza por habitante, en transparencia, en índices muy bajos
de corrupción, están esas naciones como Holanda, Noruega, Suecia,
Finlandia, Canadá, Dinamarca, cada una con sus peculiaridades, porque
eso no se puede calcar. Ese es el camino.

Ahora mismo, primero con la caída del Muro de Berlín y después con esta
crisis económica mundial, se ha demostrado que ni el individualismo ni
el estatismo extremo tienen soluciones. Hay que ir en busca de una
sociedad donde esté la propiedad privada, porque el deseo de
reconocimiento social y de tener éxitos materiales, dentro de
determinadas regulaciones y controles puede ser altamente beneficioso;
pero al mismo tiempo es útil la propiedad pública, porque en muchos
sectores los niveles de ganancia no son muy atractivos para la
iniciativa privada y ahí el Estado tiene que jugar un papel más
importante. Actividades que, aunque no den réditos altos, hay que
hacerlas, como la educación, la salud pública, y otras ramas donde el
Estado tiene que estar presente por la razón apuntada o por motivos
estratégicos. Me refiero, por supuesto, a un estado democrático.

¿Te defines como marxista?

No, yo diría francamente que no. Porque incluso a Marx, cuando se le
preguntó si era marxista dijo que no. Marx es un hombre que hay que
estudiarlo en su tiempo. Los problemas del siglo XIX no son los de hoy.
Pedirle a Marx soluciones para los que tenemos actualmente es un error.
Incluso algunos de sus planteamientos no se cumplieron. Rosa Luxemburgo,
su seguidora, en su análisis de la teoría marxista, reconoce que la
Teoría del Empobrecimiento Absoluto de la clase obrera no funcionó; la
proyección de que el socialismo iba a triunfar primero en Europa
Occidental, donde había una clase obrera más numerosa y desarrollada,
tampoco funcionó. No creo que Marx quisiera convertirse en un pitoniso.
Hay un solo texto donde habla de futuro que es en la Crítica al Programa
de Ghota, por eso yo no soy un marxista, me parece un absurdo.

Yo creo que el mundo necesita una serie de soluciones que no se pueden
buscar ni en el siglo XIX ni en el XX, hay que desarrollarlas ahora,
incluso instituciones que fueron tan valiosas en el siglo XX como el
Fondo Monetario o el Banco Mundial, tendrán que adaptarse a las nuevas
circunstancias. Varias concepciones, válidas en el pasado, hoy con el
avance indetenible de la globalización, la ciencia y la tecnología, son
obsoletas. Necesariamente se impondrán novedosas formas de pensar e
interactuar en el mundo. Creo que la cooperación internacional asumirá
un rol mucho más importante que hasta el momento. A su vez habrá mejores
posibilidades para combatir la ignorancia, el hambre y la miseria a
escala planetaria, así como los retos para la vida humana de carácter
medio ambiental. Estoy seguro que este proceso llevará al
fortalecimiento de la Organización de la Naciones Unidas, dándosele a
esta institución muchas más facultades.

Fuiste excarcelado bajo ‘licencia extrapenal’. ¿Qué es eso?

La “licencia extrapenal” por enfermedad significa que puedo volver a
prisión cuando se considere que me he curado; cosa que es absurda porque
mis enfermedades son crónicas. Ellos me citaron al Tribunal Provincial
del Municipio Playa dos años después de salir de prisión para recordarme
eso, para decirme que no puedo salir de La Habana sin permiso, que
tienen una Comisión en el barrio que me está supervisando y en función
de lo que diga, yo puedo regresar a la cárcel. Aquí arriba de mi
apartamento, en el número ocho, hay una oficina de la Seguridad del
Estado, que pienso está monitorearme. Incluso no me dejan salir al
exterior. Han aplicado políticas diferentes con las distintas personas,
a algunos de los liberados sí les han dejado salir. Yo pedí ir para
, pero me lo negaron. Incluso he sido invitado a eventos
en Polonia, Puerto Rico y otros lugares y, aunque he efectuado todos los
trámites establecidos, nunca recibí la autorización para salir: la
famosa Tarjeta Blanca.

¿Cómo estableciste la relación entre economía y política?

No se pueden separar. En eso Marx sí pudiera tener algunos elementos
positivos, él decía que las relaciones de producción son la base de una
sociedad y yo sigo creyendo que es así, sin negar que haya una
interacción entre la base y la superestructura. Yo creo que si hay más
económica, va a haber más política. En eso Fidel
Castro está claro, él se niega a que haya alguna apertura económica
porque sabe que una cosa lleva a la otra, eso sería inevitable. Los
norteamericanos tienen enormes restricciones en el comercio con Cuba, no
dan créditos, hay que pagarle antes de que lleguen las mercancías, no
compran nada, hay que utilizar barcos extranjeros. Sin embargo, con
todos esos obstáculos, ya Estados Unidos está por lo menos en la cuarta
posición en el comercio con Cuba, por lo tanto eso va a tener
influencia. Si existiera más libertad, nos sentiríamos más dueños de
nuestro futuro, eso le daría un impulso a las luchas por las libertades
políticas, a la creación de un propicio tejido económico.

La Ley de la Entrega de la Tierra en Usufructo está llena de cortapisas
y eso no es por gusto; está bien pensada para que la gente no se sienta
propietaria, por lo tanto yo sí creo que hay un nexo muy grande entre
política y economía. Cuba es un país con un entorno geográfico y
tradiciones sociopolíticas mejores que China, pero aún en China, con las
transformaciones económicas, la gente empieza a luchar; ahora mismo con
esta crisis y el cierre de empresas las protestas allí son enormes, ni
que decir de Rusia. La libertad es también un elemento de producción. Yo
defiendo esa tesis, en la medida que la competencia juega un papel más
importante hay más libertad de movimiento, de pensamiento, para poder
escoger la mejor variante en un mundo cada vez con mayores opciones,
donde el diálogo y el debate responsable y civilizado son indispensables
para lograr un desarrollo sólido y sustentable.

¿Desde tu punto de vista cuáles serían los obstáculos principales para
un cambio en Cuba?

La primera es la voluntad política de ir avanzando de forma gradual. Yo
empezaría por la agricultura, dándole la tierra a la gente, dándole
facilidades para que puedan pagarla, donde la gente pueda asociarse
sobre la base de la voluntariedad. El Estado puede mantenerse en
determinadas áreas, en eso no hay una contradicción. Y bueno… cuánto va
a ser el área privada y cuanto el área pública, eso lo dirán los
resultados y las condiciones concretas. Yo creo que la actividad pública
puede ser eficiente en la educación, la salud pública y otros sectores.
Antes de la revolución en Cienfuegos los estudiantes venían de la
privada a la pública en la enseñanza secundaria y no lo hacían
porque fuera gratis, sino porque tenía más calidad. Pero al mismo tiempo
se puede permitir la enseñanza privada con determinadas regulaciones,
como lo era antes de 1959.

Cuando tuve que venir para La Habana lo hice para una escuela privada;
de todas formas el Estado hacía exámenes de comprobación. No se puede
caer en extremos. El extremo estatal cayó con el Muro de Berlín y el
extremo neoliberal ha caído con la crisis actual. Ahora Obama quiere
garantizar el seguro de salud a más de 40 millones de norteamericanos y
mejorar la educación pública, por eso lo están calificando de
socialista, eso es una tontería. Hay que promover las iniciativas
privadas, son un decisivo factor de avance social y desarrollo
económico, pero con determinadas regulaciones para evitar las ambiciones
desmedidas, el enriquecimiento indebido.

¿Le das algún peso a la política norteamericana en los problemas de Cuba?

Yo sí creo que la política norteamericana tiene una responsabilidad en
todo esto, y grande. Yo siempre he expresado que el gobierno cubano ha
tenido dos grandes aliados: la Unión Soviética dio un apoyo económico
inmenso al régimen, pero desde el lado político han sido los Estados
Unidos, con su proceder equivocado, quienes han beneficiado al
totalitarismo. La política de aislamiento y embargo ha sido oxígeno para
los sectores más conservadores dentro del Partido y Gobierno.

En 2003 se publicó tu libro ‘Crónicas de un desastre’ y en el 2007 se
publicó ‘¿Revolución o involución?’ ¿Existe una relación directa entre
ellos?

Existe una relación directa, son recopilaciones de artículos que
expresan mis puntos de vista acerca de la génesis del drama cubano, las
concepciones de cómo salir de la crisis y propuestas para la
reconstrucción nacional, en un marco de reconciliación que deje a un
dado los odios que por tanto tiempo han envenado a los cubanos. Se
diferencian en épocas, Crónicas de un desastre comprende una época y
¿Revolución o involución? comprende otra. Yo diría que contienen una
maduración del pensamiento, logrado por la meditación, el diálogo con
otras personas, incluidas algunas con las que no coincido en variadas
cuestiones, y los largos años de enfrentamiento al totalitarismo. Por
ejemplo en el último libro hay una serie de artículos que hice sobre las
Metas del Milenio, adoptadas por la ONU. Ello me llevó a realizar una
significativa recopilación de datos, de estudios de la historia de la
teoría económica cubana que demuestran que la Cuba de antes no era un
desastre, como señala la propaganda oficial. Investigando he llegado a
la conclusión de que efectivamente había serios problemas que lastraban
el progreso nacional, pero Cuba había avanzado de 1902 a 1958 a pesar de
los gobiernos y no por la voluntad de los gobiernos.

La sociedad civil cubana avanzó en la educación y la salud pública. En
esta última tenía en aspectos importantes una situación superior a
países europeos, con indicadores como el número de médicos por
habitantes, la esperanza de vida, la mortalidad infantil. Tanto en
educación como en la salud había avances comparables con Europa, no con
América Latina, donde los únicos países que se podían comparar con Cuba
eran Chile, Argentina, Uruguay, quizás Costa Rica. Cuba no empezó en
1959, independientemente que después se hicieron grandes esfuerzos y que
en la y educación se llegó a favorecer a sectores que estaban
marginados antes de 1959, sobre todo en zonas rurales. Lamentablemente,
hasta esos avances, logrados por los esfuerzos del pueblo, están
inmersos actualmente en un proceso de involución al carecerse de la
indispensable sustentación económica.

En el prólogo a ‘Cuba, ¿Revolución o involución?’, Carmelo Mesa Lago
dice: los documentados trabajos de Oscar Espinosa han inspirado e
influenciado la obra de muchos economistas cubanos en el exterior. ¿Qué
significa para ti esa afirmación y cómo ha sido tu formación para
alcanzar ese nivel de profesionalidad?

Bueno a mí me enorgullece que una persona que admiro tanto y que pienso
que es el mejor economista cubano vivo, que trabaja para organismos
internacionales como la Organización Internacional del Trabajo, haya
realizado esta evaluación sobre mi trabajo, eso para mí es algo muy
alentador. Lo que yo he hecho es buscar datos, información, resumir,
investigar sobre las propias cifras oficiales, buscando sus falsedades.
Utilizar datos de CEPAL, de Naciones Unidas, de revistas extranjeras, de
la prensa. Si vas a mi casa, vas a encontrarte miles de recortes de
periódicos y revistas como El País o ABC, El Mundo, El Nuevo Herald, The
Economist e incluso de factura oficial como Granma y Juventud Rebelde,
que se dedican a hacer análisis de economía y también de hechos
sociales, históricos. Me gusta mucho la historia, lo que más me gusta es
la historia, soy un fanático de ella, siempre tengo un libro a mano.
Muchas veces veo paralelos en la historia de Cuba, muchas cosas parecen
repetirse, por ejemplo la obcecación de España por no hacer reformas,
por mantener una posición inmovilista, esa posición de no hacer nada en
aquella época se convirtió en una de las causas fundamentales de las
guerras de independencia. Y ahora aquí está sucediendo una cosa
parecida, la obcecación del gobierno cubano hace que se cierren todas
las puertas. Hasta ahora no hay peligro de estallidos, pero nadie sabe
si esta situación se mantendrá.

Tus trabajos contienen recomendaciones de importancia, pero el Gobierno,
que es quien puede implementarlos, no los tiene en cuenta. ¿Qué
importancia tiene tu labor?

Yo me conformo con leer mis artículos por la radio extranjera y que
alguien los escuche. Me conformo con saber que algunas personas los
reciben por internet, o los leen en periódicos editados en el exterior.
Que algunas entrevistas que doy para la televisión de otros países
llegan aquí, gente que te dice, ¡te vi en la televisión! Estoy conforme
con las copias que generosamente reproducen los amigos. Es el comienzo,
estoy seguro que todo cambiará para mejorar. Un tiempo atrás no teníamos
internet, ahora con muchas dificultades la tenemos, quién sabe si el día
de mañana también la pueda tener en mi casa.

¿Consideras que esa semillita en un momento determinado pueda germinar?

La idea es esa, hay que sembrar para el futuro, quizás yo lo vea o no lo
vea, pero modestamente estoy tratando de colaborar de forma
independiente, porque tú sabes que no pertenezco a ninguna organización.
Algunas veces me piden una colaboración y la doy, al que no la quiera no
se la doy, y participo así dando mis ideas. Hago lo que puedo, incluso
pienso, como tú dijiste, que mi trabajo puede ser útil al propio
Gobierno y ojalá sirva para conducir a Cuba hacia la democracia, yo no
tengo inconveniente en eso, ojalá, y sin aspiración personal alguna.

¿Para ti cuál es la Cuba deseable y cuál la Cuba posible?

Para mí la Cuba deseable es la que trazó en líneas generales la
Constitución de 1940, me parece que esa Cuba responde al deseo expresado
por José Martí de una “república con todos y para el bien de todos”. Ese
es mi ideal de Cuba, donde sean compatibles las aspiraciones
individuales, incluyendo la propiedad privada, la existencia del mercado
como herramienta importante de distribución de los recursos, la
competencia, las posibilidades de superación; con una participación
pública importante que complemente la iniciativa privada, siempre sobre
la base de un control democrático; que existan debates, partidos
políticos, pero que no haya que esperar las elecciones para la toma de
decisiones. Esas características las considero posibles. No creo que sea
un sueño, es algo que otros han logrado y me pregunto por qué nosotros
no podemos también obtenerlo con tesón, con inversiones fuertes en la
educación, en la cultura, que preparen el terreno para avanzar hacia ese
destino. Yo creo que en la historia, el pueblo cubano ha mostrado tener
motivaciones, aspiraciones y puede llegar a eso.

¿Qué acontecimientos dejaron una huella profunda en tu persona?

Algunas cosas han dejado huellas profundas de forma positiva o de forma
negativa en mi persona. La victoria del primero de enero de 1959 me hizo
soñar con muchas cosas, para terminar en una enorme frustración
nacional. Fue un día que nunca podré olvidar. Mi trabajo en el
movimiento juvenil, luego como diplomático tratando de obtener ventajas
para mi país. Siempre he cumplido con mi deber, con mi conciencia.
Quizás con equivocaciones, pero siempre con la mejor voluntad de hacer
algo útil para Cuba. En cuanto a aspectos negativos también hay hechos
que me han marcado. En 1967 me expulsaron de los equipos de
Investigación Económica y me enviaron a recoger estiércol en las cuevas
y a trabajar con delincuentes; en 1987 me sacaron del sector de las
relaciones exteriores; en 1992 fui expulsado del Banco Nacional; botaron
a Miriam, mi esposa, de su trabajo en el Ministerio de Relaciones
Exteriores, precisamente por continuar conmigo. Otro golpe de una
potencia terrible fue cuando me detuvieron en 2003 y condenaron a 20
años de cárcel, en condiciones infrahumanas. Todo eso fue muy duro, pero
bueno, gracias a la vida, a Dios, no sé a qué, siempre me levanté,
aunque no fue fácil.

Cuando falleció tu madre estabas en la cárcel…

Mi madre falleció unas semanas después que salí de prisión. Pude estar
con ella, ya estaba muy mal, una parte del tiempo estaba inconsciente,
sufriendo mucho. Ella fue un ejemplo de trabajo, de tesón, de lucha y
además muy tolerante. Nunca fue comunista, siempre rechazó esos
conceptos. Ella era creyente, pero era tolerante. Jamás, aún en la etapa
en que yo milité en los grupos marxistas, se opuso; respetó mi decisión
como la respetó cuando decidí oponerme al totalitarismo.

¿Te sientes realizado?

Yo me siento realizado, siento que hice algo por mi país, que en
determinado momento me fue difícil porque he recibido la incomprensión
de muchos compatriotas, pero también se recibe la cosecha. El pueblo
toma conciencia y muchos compatriotas se incorporan al movimiento de
oposición, muchos intelectuales, gente valiosa. Creo que el objetivo de
la sociedad que quiero, de reconciliación nacional, ese concepto que
lleva tantos años conmigo, está triunfando y eso realmente es reconfortante.

¿Tienes amigos y/o enemigos?

Yo no considero a nadie mi enemigo, aunque algunos sí me consideran un
enemigo. Yo no odio a nadie, yo he desechado el odio, porque el odio no
te deja pensar. Como ser humano puede ser que en determinado momento me
enfurezca y la ira me gane, pero siempre trato de desechar eso. Tengo
muchos amigos, personas que realmente estimo, incluidas algunas con las
cuales tengo puntos de vista distintos. Tú mismo eres una de esas
personas, algunas veces hemos discutido, confrontado nuestras ideas,
pero seguimos amigos. Hay personas en el exterior con las que nunca he
hablado personalmente pero que llevo años hablando por teléfono:
economistas, especialistas, periodistas. Así tengo muchas personas que
me ayudan, que quieren apoyarme en mi lucha.

Tu madre era católica ¿sus creencias tuvieron alguna influencia en ti?

Mi madre fue católica, muy creyente, pero jamás quiso imponerme sus
creencias. Mi padre fue comunista pero terminó siendo un creyente
católico. Después él se fue de Cuba y murió en Nueva York. En sus
últimos años rechazó totalmente este sistema y murió como creyente,
católico, muy, muy creyente. Era un hombre inteligente, incluso cuando
era comunista me puso a estudiar en una escuela primaria metodista, la
Eliza Bowman, dirigida por misioneras norteamericanas, de las cuales
conservo excelentes recuerdos. Cuando no era creyente me aconsejaba
estudiar la Biblia, porque la consideraba muy valiosa. Después conocí a
otros comunistas que pensaban igual. Por ejemplo a Carlos Rafael
Rodríguez, que conocía la Biblia muy bien y la citaba bastante. Está la
historia de Juan Marinello, en una oportunidad le preguntaron que si se
quemaba su biblioteca qué libros iba a rescatar y respondió: la Biblia.

Haciendo una valoración de tu vida ¿consideras que debes de cambiar algo
o estás conforme?

Estoy conforme con todo lo que he hecho en mi vida. Me siento muy
orgullo porque hice en cada momento lo que mi conciencia me dictó.
Cuando trabajé con Fidel Castro pude hacer lo que hacía todo el mundo y
no hubiera tenido ningún problema, pude mantener una posición
oportunista y aceptar todo lo que se decía allí. También cuando me
sacaron del trabajo de relaciones exteriores pude haberme adaptado,
tenía hasta una posición laboral muy buena, incluso firmé muchos
documentos a nombre del Gobierno, aunque no era militante del Partido.
Se me envió a diferentes países como asesor, a Granada, donde estuve con
Maurice Bishop, a Corea del Norte, donde estuve con Kim Il Sun. No tenía
necesidad de buscarme ningún problema, pero mi conciencia me dictaba
otra cosa y ellos me tomaron como si fuera enemigo y me llevaron a esta
posición.

Después de todo tengo que agradecerles, con las persecuciones y el acoso
me llevaron a comprender que la situación cubana es imposible de
resolver con tibias reformas, sino que se necesita un cambio radical de
todo el disfuncional sistema que ha conducido la nación al desastre. Yo
soy hijo de la burguesía, porque mi familia tenía dinero, mi madre tenía
una compañía farmacéutica, propiedades en Cienfuegos y en La Habana;
todo eso yo lo dejé de lado y me uní a la revolución sin ningún interés
material. No me uní a la revolución por un interés ni de clase ni de
nada, sino por la justicia social y amor sincero a mi país.

He llegado a la conclusión de que la democracia es fundamental, es un
arma política, un arma social, un arma económica. La democracia y la
libertad son componentes indispensables para el desarrollo de una nación
en todos los campos; el respeto a la soberanía individual, en un marco
legal democrático es uno de los factores determinantes para el avance de
los pueblos. Yo pienso que una de las grandes ventajas de la sociedad
norteamericana y de otras sociedades es que han sabido mantener un
equilibrio y un poder de autocrítica por generaciones.

¿Qué figuras de nuestra historia han tenido influencia en tu formación?

Hay personalidades de nuestra historia en las cuales encuentro
referencias insustituibles. En primer lugar Félix Varela, cuando uno lo
lee se pregunta, pero ¿cómo este hombre en esa época podía decir tales
cosas? Porque no es lo que dijo, sino cuando y con qué visión lo dijo.
Otra figura es Martí, personaje cimero en la historia de Cuba, sin
soslayar a genios militares y políticos como Antonio Maceo y Máximo
Gómez. No se puede olvidar al tercer descubridor de Cuba, a Don Fernando
Ortiz, que es una piedra angular de la cultura cubana, un hombre que en
oportunidades rechazó tentadoras ofertas políticas porque quería
mantenerse al margen de los partidos, y poder realizar sus análisis sin
ningún compromiso. Juan Gualberto Gómez, un hombre que de esclavo llegó
a ser una personalidad extraordinaria. Enrique José Varona…, hay incluso
algunas figuras que habrá que rescatar con independencia de que hayan
cometido errores, como es el caso de algunos autonomistas que jugaron un
papel importante en la formación de la conciencia nacional, porque
muchos de ellos, de forma astuta, utilizaron las limitadas libertades
que dio el gobierno español para crear las condiciones que después
permitieron a los luchadores por la independencia demostrar que ya no
había otra alternativa que la separación total de España. Está Jorge
Mañach y también Ramiro Guerra, uno de los textos más importantes que se
han editado en Cuba es su libro Azúcar y población en las Antillas. La
lista de hombres extraordinarios que ha producido nuestra pequeña isla
es enorme.

¿Deseas agregar algo?

–Creo que lo dicho es lo fundamental, eso es lo que puedo decir.

Una versión previa de esta entrevista, realizada en abril de 2009, fue
publicada entonces en la revista Con Todos.

Source: “«Hice en cada momento lo que mi conciencia me dictó» | Diario
de Cuba” – http://www.diariodecuba.com/cuba/1379923457_5202.html

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