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Camino al poder a través de la revolución

Camino al poder a través de la revolución
BORIS GONZÁLEZ ARENAS | La Habana | 23 Mar 2014 – 8:40 am.

Los liderazgos que emergen en los procesos revolucionarios se forjan
siempre coyunturalmente. Luego los aparatos propagandísticos crean el
mito del líder providencial.

Cuando el 4 de septiembre de 1933 Fulgencio Batista encabeza el
movimiento militar que, aunado con las fuerzas antimachadistas depone al
Carlos Manuel de Céspedes, no era el sargento la principal
figura del movimiento ni la única. La Junta de los Ocho, como fue
conocido el grupo que lideró el cuartelazo en la fortaleza de Columbia,
acordó que la jefatura del ejército fuera rotatoria. Sin ,
Batista emergió de la revolución como el principal líder militar y
consiguió, con ello, ser el protagonista político de la Cuba de entonces.

Batista controló el ejército en enfrentamientos sistemáticos con los
mandos que no le eran adictos, estableció relaciones con Benjamin Sumner
Welles —embajador de EEUU que debió ver cómo sus preferidos, la vieja
oficialidad y los políticos asociados al machadato, cedían terreno ante
el empuje de una joven generación de políticos ambiciosos y dispuestos—,
y emergió como una figura de orden en medio de la euforia revolucionaria.

Llegado el momento de cumplir el compromiso y ceder la jefatura del
ejército, era Fulgencio Batista lo suficientemente fuerte como para
desentenderse de ello. Cuenta Ciro Bianchi Ross que Mario Alfonso,
miembro de la Junta de los Ocho, le demandó su cumplimiento. En
respuesta, Batista lo denunció por un supuesto golpe de Estado que Mario
Alfonso habría planeado, pero antes de que se efectuara su detención,
Mario Alfonso, una de las figuras fundamentales del movimiento militar
del 4 de septiembre, fue asesinado. (Ciro Bianchi Ross, Contar a Cuba.
Una historia diferente, Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2012 p. 130).

Su asesinato es la constatación del cambio de liderazgo que se había
operado durante el proceso de afirmación del poder revolucionario que va
del 4 de septiembre de 1933 hasta su ultimación en agosto de 1934. El
paso del liderazgo colectivo al liderazgo único tiene que establecerse
con rapidez pues, desde que se constata su intención, comienza también
el movimiento de fuerzas contrarias a su realización.

Como se ve por este ejemplo, al liderazgo no se llega por la reunión de
un grupo de sujetos en torno a alguien providencial. Ese es el mito
creado por los aparatos de propaganda ideológica. Un mito semejante fue
creado alrededor de Gerardo Machado, de Fulgencio Batista y de Fidel
Castro. Y será el relato que se construirá siempre que el personalismo
se imponga, tras despertar la ambición de los que inicialmente
encabezaban movimientos de renovación de cualquier orientación
ideológica. Pero los liderazgos que emergen en los procesos
revolucionarios son siempre una elección coyuntural.

La revolución cubana de la década del 50 no ha sido una excepción. Los
revolucionarios que se agruparon para subvertir el poder político solo
podían hacerlo en condiciones de igualdad. Más allá de la función social
de los revolucionarios, de su origen económico o del color de su piel,
era el riesgo colectivo lo que los enlazaba, y la posibilidad de la
muerte la que consiguía difuminar los contornos de la individualidad. El
triunfo iba a ser el único evento que podía zanjar el peligro.

Hasta los descendientes

“En una revolución se triunfa o se muere”, según la fórmula de Ernesto
Guevara para ese sentimiento común de la subversión revolucionaria. Pero
una vez que se triunfa, zanjada la inminencia de la muerte, el resurgir
de la singularidad será convocado por un peligroso fermento: el poder
político.

No era intención del revolucionario blanco y racista que, una vez
obtenido el triunfo, se compartiera con los negros el protagonismo
social y económico [1]. Tampoco quien pretende beneficios de aristócrata
y se suma a la revolución como uno más dejará de realizar sus ambiciones
en la sociedad posrevolucionaria. Alfredo Guevara (1925-2013), fundador
del ICAIC y su presidente por dos largos periodos, está entre los
ejemplos más escandalosos de esta actitud.

El triunfo revolucionario convoca a la individualidad y el poder
político le confiere posibilidades de realización descomunales.

Fulgencio Batista, un militar de ascendencia muy humilde, promovería en
la década del 30 la modernización del ejército, el mejoramiento de la
infraestructura escolar y sanitaria del país y se agenciaría de modo
fraudulento una enorme fortuna para distanciar la humillación que la
miseria produce. Pero al convocar una Asamblea Constituyente legítima,
cortó la posibilidad de seguir concentrando el poder político y
económico de la nación.

Contra el deseo de no pocos militares, Batista acogió la nueva
Constitución, resultó electo presidente ya en democracia en el año 1940,
y en 1944, llegado el fin de su mandato, declinó nuevamente las
presiones de subordinados continuistas y cedió el poder a su enemigo
Ramón Grau San Martín, sabiendo que eso implicaba su distanciamiento del
país.[2]

La revolución de 1959 no tuvo el corte democratizador del Batista de
esos años. Los líderes que sobrevivieron a las purgas castristas
adquirieron rangos extraordinarios, y su presencia al frente de
cualquier institución les confirió una independencia e importancia
muchas veces superior a los ministerios a los que, en apariencia,
estaban subordinados.

Tal es la historia de la Empresa Flora y Fauna, a cargo del comandante
Guillermo García Frías; el Psiquiátrico de la Habana, a cargo
de Bernabé Ordaz; la Federación de Mujeres Cubanas, a cargo de Vilma Espín.

Tales son también todas las empresas, ministerios, fundaciones,
academias, institutos sobre las cuales solían desplazarse Ramiro Valdés,
Juan Almeida Bosque, José Millar Barruecos, Ulises Rosales del Toro,
José Ramón Machado Ventura y tantos otros.

Tal es también la versión moderna de esta tradición que consiste en
distribuir descendientes a la cabeza de diversos espacios. Quizás los
más conocidos sean Antonio Castro, manager de managers de la pelota
cubana y presidente de la Federación Médica Deportiva, e hijo de Fidel
Castro; Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación
Sexual que, bajo su larga égida se ha convertido en un rutilante palacio
en el medio del Vedado, o Alejandro Castro, quien según algunos
desempeña la jefatura efectiva del Ministerio del Interior, ambos hijos
de Raúl Castro.

En las dictaduras, los años agravan el problema del cambio, y ni
siquiera una revolución, con su tremenda disposición a la mudanza, puede
aguantar eternamente los tirones en sentido contrario. La ambición se
procura, como todos los vicios, una lógica que la conserve.

[1] El año pasado, a propósito de un texto publicado por Roberto Zurbano
en The New York Times, se produjo un intenso debate sobre la situación
social del negro a más de 50 años de la revolución de 1959. Quedaron
expuestas muchas de las discriminaciones que siguen padeciendo los
negros en Cuba. Véase: “Para los negros en Cuba la Revolución no ha
terminado” y “Mañana será tarde: escucho, aprendo y sigo en la pelea”,
ambos de Roberto Zurbano; “Dolor, alegría y resistencia”, de Víctor
Fowler; “¿Ser negro de la Revolución?”, de Antonio José Ponte; así como
la Declaración del Capítulo Cubano de la Articulación Regional de
Afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe (ARAAC) sobre el artículo
de Roberto Zurbano.

[2] Una vez que cedió el poder, Fulgencio Batista se estableció en EEUU
y no volvió a Cuba hasta el gobierno de Carlos Prío Socarrás. Consultado
en 1945 sobre el regreso de Batista a Cuba, Ramón Grau San Martín diría:
“Yo no tengo que hacer ningún reparo sobre el regreso de Batista. (…)
Ahora bien, de la misma manera que no impido su vuelta, tampoco puedo
evitar que alguien lo acuse solicitando que se investigue cómo ha
llegado a poseer una fortuna que asciende a más de 20 millones de pesos”
(Bohemia, año 37, no 29, 29 de julio de 1945). La cita aparece en
Humberto Vázquez García, El gobierno de la kubanidad (Editorial Oriente,
Santiago de Cuba, 2005, p. 128). En opinión de Vázquez García, la
afirmación de Grau dejaba claro que “Para regresar a Cuba legalmente,
Batista tendría que esperar la terminación del mandato presidencial de
Ramón Grau San Martín” (p. 129).

Source: Camino al poder a través de la revolución | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1395426540_7754.html

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