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En Cuba no puede haber primaveras

En Cuba no puede haber primaveras
Los intríngulis de la preparación de un congreso del partido en Cuba
Eugenio Yáñez, Miami | 11/02/2016 12:49 pm

Dentro de algo más de un par de meses se celebrará el séptimo
congreso-circo del partido comunista cubano.
En vez de especular o tratar de adivinar sobre lo que podría suceder,
podemos remitirnos a experiencias anteriores, perfectamente
documentadas. Y para eso nada mejor que el libro En Cuba no hay
primavera (diez años infructuosos pro-reformas), del cubano exiliado en
España Manuel García Díaz, PhD en Ciencias Económicas, profesor en la
de La Habana (1962-68 y 1986-91) y en la de Granada, España
(1991-2010).
“Manolo” García hace más de cuarenta años formó parte de un selecto
grupo de jóvenes economistas altamente calificados, conocido como “el
Grupo de Humberto” (Pérez), que reportando directamente a Raúl Castro
trabajó desde 1974 en la conceptualización, análisis y elaboración de
documentos de reforma política y económica que deberían ser presentados
al Primer Congreso del Partido Comunista. No se refiere a fuentes
ajenas, lecturas de documentos extraños o escucha de anécdotas
imprecisas, sino a lo que él mismo vivió, disfrutó y sufrió mientras
trabajó en ese “Grupo de Humberto”.
Años después tuve el honor de conocer a Manolo García y a muchos otros
integrantes de ese selecto grupo, y disfrutar de trabajar juntos o de
conversaciones con ellos donde era evidente la sólida formación y
preparación de ese equipo. No abogaban por el regreso al capitalismo en
la Isla ni eran defensores de la economía de mercado o los principios de
la democracia liberal, y no señalo esto como reproche sino como
descripción. Buscaban cambios, como escribe Manolo, “en los marcos del
socialismo, para crear una sociedad socialista más humana y
democrática”. Querían, de buena fe y con profundo entusiasmo y esfuerzo,
transformar el anquilosado modelo económico soviético del posteriormente
llamado “socialismo real”, ineficiente de por sí, y mucho peor de la
forma que funcionaba en Cuba bajo los caprichos, megalomanía,
improvisaciones y demagogia de , que ya a esa altura
acumulaba en su historial, entre otros desastres, la zafra de los 10
millones de toneladas de azúcar, el Cordón de La Habana, la “ofensiva
revolucionaria”, y las promesas de alcanzar 12 millones de cabezas de
vacuno en el país, medio millón de toneladas anuales de pescado,
producir más leche y queso que Holanda, y construir más de cien mil
viviendas por año.
Entre los documentos elaborados por el “Grupo de Humberto” se encontraba
la propuesta de un nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la
Economía (SDPE) que implicaba una profunda reforma de la política
económica y un cambio sustancial en la política hacia los campesinos,
todo fundamentado en una acentuada transformación del concepto de
“propiedad” sobre los factores de producción. Vinculadas a estas
innovaciones, que serían esenciales, estarían la creación de un nuevo
modelo de organización de los órganos centrales, territoriales y locales
de gobierno (Poder Popular), una nueva división político-administrativa
del país (que pasaría de 6 a 14 provincias) y la reorganización de los
organismos de la Administración Central del Estado (ministerios, comités
estatales e institutos). El Grupo tendría que ver también con los
aspectos del Informe Central vinculados a la economía, los fracasos
económicos anteriores y las nuevas propuestas.
Otros temas a presentar al congreso del partido, como estatutos y vida
interna de la organización, “trabajo político”, políticas sociales, y
partes de la llamada plataforma programática no relacionadas con la
economía, se trabajaron por otros equipos, independientes del grupo de
economistas a que me refiero.
Contra reloj y a todas horas, el “Grupo de Humberto” trabajó sin
descanso en oficinas del Ministerio de las Fuerzas Armadas (MINFAR)
analizando e intercambiando criterios, buscando consenso entre
especialistas, y elaborando documentos que, tras ser aceptados en
principio por Humberto Pérez, se sometían a Raúl Castro para aprobación.
El hermano menor expresaba criterios, ajustes y cambios, y el producto
era enviado al Comandante en Jefe, quien opinaba, recomendaba,
rechazaba, modificaba, y era el encargado de su aprobación final.
Manolo García narra en detalle esos agotadores y creativos procesos
durante meses donde los “brain storming”, encontronazos de opiniones y
consultas, iban perfilando ideas y definiendo consensos que terminarían
plasmados en documentos que, al final del camino, serían sometidos a los
delegados al congreso del partido para su supuesta “aprobación”, aunque
en realidad ya estarían aprobados por los hermanos Castro, como sucede
siempre, y lo que se esperaba de los delegados, pura pantomima, era que
unánimemente levantaran sus brazos para “aprobarlos”.
Y nos narra también la influencia perniciosa y actitud de retranca
contra esas propuestas de reformas que encarnaba Fidel Castro con su
desmedido ego y su patológica necesidad de controlarlo todo. Así, por
ejemplo, la propuesta de que los cargos de del Consejo de
Estado y Presidente del Consejo de Ministros no fueran ocupados por la
misma persona ni siquiera se elevó al Comandante y fue rechazada por
Raúl Castro, alegando que su hermano representaba “la revolución” y que
ambos cargos en sus manos serían garantía de una conducción acertada.
Nos cuenta también cómo, por aquí y por allá, Fidel Castro torpedeaba
propuestas, rechazándolas abiertamente o atiborrándolas de comentarios y
“preocupaciones” para no sentirse comprometido con sus posibles
resultados. O en último caso presentándose como ajeno a la propuesta
para poder entorpecerla a su antojo posteriormente.
Los documentos elaborados fueron finalmente aprobados en diciembre de
1975 y debían ponerse en marcha de inmediato. Sin , en el mismo
acto de clausura del congreso Fidel Castro montó el show del
“internacionalismo proletario” y la intervención militar cubana en
Angola. De manera que, desde el comienzo, todo lo aprobado en el
congreso se subordinaba a la tarea del “internacionalismo”, convertida
en prioritaria.
Durante 1976 se establecieron los órganos del Poder Popular, la nueva
División Político-Administrativa del país y la reorganización de la
Administración Central del Estado, y comenzaría a establecerse y
aplicarse el Sistema de Dirección y Planificación de la Economía.
Humberto Pérez fue designado Presidente de la Junta Central de
Planificación (JUCEPLAN), y varios de sus colaboradores en el grupo,
entre ellos Manolo García, vicepresidentes de la misma, o en cargos
clave en otros organismos económicos. Como si, por fin, la economía
fuera a ser tomada en serio por “la revolución”.
Sin embargo, no sería el final del comienzo, sino el comienzo del fin.
Porque Fidel Castro era enemigo acérrimo de las reformas aprobadas, que
a la larga limitarían su poder omnímodo y su estilo caótico y
confrontacional. Como no le era conveniente oponerse públicamente, hizo
como si estuviera de acuerdo y se “apartó” sibilinamente de las
decisiones económicas, aunque continuamente ponía trabas y más trabas a
su aplicación, mucho más a partir de 1980, como narra Manolo García. Ese
proceso alocado y cavernícola terminó desatándose abiertamente en 1986
durante el embrutecedor “Proceso de Rectificación de Errores y
Tendencias Negativas”, que echó abajo lo establecido desde el primer
congreso partidista y arruinó al país, mucho antes de la caída del Muro
de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. El aquelarre fue
coronado con el absurdo slogan de “Ahora sí vamos a construir el
socialismo”.
Fidel Castro acusó a los integrantes del equipo de Humberto Pérez de ser
“…un grupo de tecnócratas, enemigos personales míos, que hundieron al
país y no se pegan un tiro”. Era mentira, naturalmente, que hubieran
hundido al país: intentaron salvarlo. Y si de pegarse un tiro por hundir
el país se trataba, los dos primeros inmolados debieron haber sido los
hermanos Castro.
Aunque algunos piensen que “En Cuba no hay primavera” trata lejanos
eventos pasados y resultaría análisis forense, en realidad esta obra de
Manolo García permite comprender perfectamente los intríngulis de la
preparación del próximo séptimo congreso del partido, tener un punto de
comparación para cuando se haga público ese documento-bodrio que llaman
“Conceptualización del Modelo Económico Social Cubano de Desarrollo
Socialista”, y definir con un poco más de precisión lo que pretende la
pandilla gobernante con la “actualización del modelo”.
Y eso tenemos que agradecérselo a Manuel García Díaz y su elaborado
recuento sobre aquellos “diez años infructuosos pro-reformas”.
Esta crónica se la debía a Manolo hace tiempo, desde que amablemente me
envió su libro deseando que sirviera para reforzar mis “criterios sobre
el monumental engaño que ya dura casi sesenta años”. Ahora es un
magnífico momento para considerar estos temas, y que las trampas que
preparan para el próximo congreso-circo, incluida una aparición casi
cadavérica del Comandante, no nos sorprendan con cantos de sirenas o nos
agarren desprevenidos.
Manuel García Díaz: “En Cuba no hay primavera. 10 años infructuosos
pro-reformas”. (2014). 356 páginas. Alexandria Library Publishing House,
Miami. ISBN: 978-1495443091.

Source: En Cuba no puede haber primaveras – Artículos – Cuba – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/en-cuba-no-puede-haber-primaveras-324810

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