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Piyamadas buenas y piyamadas malas

Piyamadas buenas y piyamadas malas
Lo fundamental es que ninguno de los adultos involucrados en las
piyamadas pueda ser considerado como hostil al régimen imperante
viernes, febrero 19, 2016 | René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba.- Entre las costumbres más recientes que se han
entronizado en la vida de la aldea global, se encuentran las piyamadas.
Se trata de encuentros de niños o adolescentes, que se reúnen en la casa
de alguno del grupo para disfrutar de actividades recreativas diversas y
pasar la noche juntos. En la generalidad de los casos, se trata de
vecinos o compañeritos de estudios.

Como suele suceder en Cuba desde el establecimiento del régimen
castrista, esa práctica se ha hecho presente en nuestro país con notable
retraso si la comparamos con otros de nuestro mismo hemisferio. Aunque
con ese retardo, incluso la prensa oficialista se ha hecho eco de
actividades de ese género. Es el caso del diario Granma del 26 de enero
pasado, que refiriéndose a un barrio muy pobre del campo venezolano,
publicó el reportaje “Una historia de amor grande”, de Dilbert Reyes
Rodríguez.

El colega castrista relata las experiencias de una colaboradora cubana:
“Un día propusieron (…) hacer una pijamada en la casa. ¿Te imaginas
todos esos muchachos? (…) Aceptamos para complacerlos y terminó siendo
una fiesta linda”. “Fue una locura con la casa llena de aquellos niños,
de juegos, de cuentos, hasta que se quedaron dormidos. Esa noche,
mirándolos rendidos, entendí bien por qué me veían como una madre, y a
la Base de Misiones como la casa grande de todos ellos”.

En el párrafo siguiente, el escribidor parece haberse inspirado en las
vidas de santos: “Pensé en los milagros sociales que logra la cultura si
lucha contra la marginación y la ignorancia, pensé en lo que persigue
esta Revolución atenta a las necesidades de sus pobres, pero también en
Cuba, en los cubanos, me vi allí… y me sentí orgullosa”.

Por su parte, Juventud Rebelde no se queda atrás. Una crónica colectiva
emplea una ortografía más cercana a la fonética de nuestro idioma:
“Aventura en piyama”. Después de narrar un evento de ese tipo, los
autores escriben: “Encuentros nocturnos como este, organizados en su
mayoría por niñas a partir de los nueve años en casa de alguna de ellas,
se han hecho frecuentes en los últimos tiempos (…) Se trata de una
práctica habitual en otras latitudes, que ha trascendido las fronteras
hasta llegar a nuestro país”.

Pero la preocupación institucional no podía faltar. Los autores
entrevistan a varias psicólogas del Pediátrico Juan Manuel
Márquez. “El gran problema es que las piyamadas no están estructuradas”,
se alarma una de ellas. Según otra, esas actividades “son pura
diversión, y aunque eso no es cuestionable, sí necesita de un llamado de
atención”.

Lo mejor de esta sección del trabajo periodístico figura en su párrafo
final: “Pueden hacerse interpretaciones erróneas cuando, por ejemplo,
eligen una casa precisamente por darse cuenta de que es la más
espaciosa, la de mejores condiciones, y eso en sus mentes genera
comparaciones y valoraciones que no podemos dejar de la mano”. Aquí no
se precisa qué corresponde hacer si la morada escogida es el palacete de
algún dirigente o un “hijo de papá”.

Más allá de los peros y las objeciones que puedan plantearse, en estos
casos lo fundamental es que ninguno de los adultos involucrados en las
piyamadas pueda ser considerado como hostil al régimen imperante. Cuando
sucede lo contrario, no resulta raro que, sin mucha demora, aparezcan
las pezuñas de los agentes represivos.

Si alguien tiene alguna duda al respecto, que le pregunte al periodista
independiente Aurelio González, residente en el pueblo de Guanajay. En
los marcos del Proyecto Nueva Esperanza, la señora Mariela, esposa del
informador, invitó a varios compañeritos de su hija Melanie —todos en el
entorno de los once años de edad— a un encuentro de ese tipo.

La condición contestataria del colega resultó suficiente para que la
“oficial de menores” del tenebroso Ministerio del Interior en el
referido municipio interviniese en el caso. Según informa el
comunicador, el lunes 15 de febrero su mujer fue citada en seis
ocasiones para la estación de policía, dos de ellas “en franca
disposición de arresto inmediato y conducción por la fuerza”.

No salieron mejor paradas las mamás de los otros participantes. Ellas
fueron entrevistadas, y recibieron amenazas de que sufrirían “graves
medidas penales si volvían a permitir que sus hijos participaran en una
pijamada en la casa de la niña Melanie”.

La mencionada agente represiva, que es conocida como “Cary la de
Menores”, dijo estar muy preocupada por “sus niños”. Se supone que el
objeto de sus desvelos sean aquellos que presentan serios desajustes de
conducta, pero, como se ve, si un encuentro de amiguitos tiene lugar en
casa de alguien que discrepe, esto último basta para que la combativa
oficial también tome cartas en el asunto.

Source: Piyamadas buenas y piyamadas malas | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/piyamadas-buenas-y-piyamadas-malas/

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