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Tanto nos obligaron a mentir…

Tanto nos obligaron a mentir…
Los cubanos aprendimos muy bien a escaparnos por la tangente, a mentir
para sobrevivir
Lunes, diciembre 19, 2016 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Es probable que muchos de los jóvenes fieles que
caminaron la distancia que los separaba del Rincón este último 17 de
diciembre, desconozcan que 55 años y tres meses atrás, es decir el 17 de
septiembre de 1961, el “gobierno revolucionario” expulsó de la isla a
131 sacerdotes católicos a quienes obligó a abordar el buque Covadonga
que los llevaría a España. No tengo noticias de que el párroco de ese
santuario tan visitado, también en aquellos tiempos, estuviera entre los
desterrados, pero sí puedo imaginar lo terrible que debió resultar la
falta de clérigos en un templo que precisa de tantos oficiantes en una
fecha como esa.

No sé cuántos de los jóvenes que hoy son devotos a San Lázaro se
enteraron de lo difícil que fue entonces para los católicos practicantes
recibir la eucaristía. Ya pasó tanto tiempo que quizá muchos de los que
hoy hacen el camino del Rincón no sepan que importantes ciudades
cubanas; Remedios, Caibarién, Sagua la Grande, con gran tradición
católica, se quedaron sin párrocos, y las puertas de sus templos
permanecieron cerradas un buen tiempo, hasta que decidieron importar
sacerdotes canadienses, tan canadienses como aquellos pollos que también
se trajeron desde el país del norte, y todo porque los que teníamos no
servían a la revolución, quizá porque la religión no servía a la
revolución. Peor la pasaron los católicos que vivían en pueblos más
pequeños, donde sus creyentes tuvieron que conformarse con ponerse a la
sombra del templo, junto a la puerta cerrada, para rezar el rosario, sin
que pudieran recibir la comunión ni ponerse frente al altar mayor para
persignarse.

Nadie volvió a ver en la isla a las devotas que cubrían sus cabezas con
mantillas y que rezaban el rosario mientras hacían el camino de sus
casas al templo, y hasta fue mal visto que alguien se atreviera a llevar
a sus hijos al catecismo y que les inculcaran celebrar las navidades,
era una afrenta a la revolución que la sala de una casa luciera El
Sagrado Corazón de Jesús o el famoso árbol adornado con guirnaldas y con
el nacimiento del hijo de Dios. Por esos días era muy malo que los niños
esperaran a los reyes magos, y no quedó otro remedio que recurrir a la
simulación. Aparentar que no se tenía ninguna filiación religiosa fue lo
mejor para muchos; representar: blasfemar en la calle y rezar escondidos
en un rincón. Puedo suponer lo que diría Tomás de Aquino, el santo
dominico que tanto denigrara las mentiras.

La farsa se enseñoreó desde entonces y se escogió como estrategia.
Muchos creyentes se vieron obligados a renegar si querían que sus hijos
pudieran entrar a la o para evitar que fueran encerrados en
campos de trabajo forzado como las UMAP. La mentira fue socorro para
conseguir la supervivencia. Y prueba de ello son los que decidieron no
mentir, los que siguieron adorando las imágenes de sus santos y
asistiendo a los templos cuando estuvieron reabiertos y con curas
dentro; esos sí que la pasaron mal. Lo terrible es que la negación de
Dios apareció también en las aulas y con las clases de Materialismo
Dialéctico, y aquellos estudiantes que tomaban la comunión cada domingo
tuvieron que explicar en sus exámenes de Marxismo las leyes de la
dialéctica, escribir sobre la ley de la negación de la negación, sobre
los cambios cuantitativos en cualitativos, y sobre la unidad y lucha de
contrarios. No había otra manera de llegar a la universidad que no fuera
representando, de la noche a la mañana, a un marxista. A los cristianos
no les quedó otro remedio que simular, que es lo mismo que mentir.

Y parece que la mentira siguió hasta hoy enseñoreada en su pedestal.
Tanto se ha inventado que la farsa se ha hecho muy común. Muchos de los
que prohibieron ayer van hoy a los templos católicos o protestantes,
muchos obedecen a los santos afrocubanos. En estos meses previos a la
celebración de San Lázaro fue común ver a los fieles vestidos de saco y
con elementos malvas en su pobre atuendo. En cualquier esquina miramos a
la señora que escogió un rinconcito o un espacio bien visible para poner
la imagen del santo con tabacos, una maraca y, muy importante, algunas
monedas en la cazuela de barro que llamen a otras monedas. Hay fieles
que son devotos en septiembre de La Caridad y en diciembre de San
Lázaro, y por qué no, si en estos días habaneros, y en toda la isla, es
muy común la mentira, esa que permite la supervivencia. Sentarse en un
sitio visible haciendo señales de su devoción no lleva mucho trabajo y
además ayuda al bolsillo y complementa la miseria que trajo la chequera.
En La Habana Vieja me encontré a Esperanza, aquella responsable de
vigilancia del que odiaba que en el solar donde vivía se cantara a
Changó y a Babalú. Ahora ella es devota y anduvo cubierta por un atuendo
de saco.

Y no serán todas las ofrendas que reciben esos “fieles” las que lleguen
al Rincón. En estos días de disimulo pulula el buen maquillaje. Aunque
parezca increíble existen en La Habana los que simulan devoción, y hasta
llagas en el cuerpo, quienes tienen heridas de atrezo, y sombras que
cubren los párpados haciendo suponer grandes pesares. A esta ciudad le
nacieron unos cuantos artistas del maquillaje que consiguen llagas y
pesares. La tristeza, que es real en muchos casos, es para otros un modo
de subsistencia. No todos los que andan pidiendo ofrendas en la calle
son realmente devotos, pero es un buen negocio y da algún dinero y en
algunos casos no lleva mucho sacrificio. A otros, a los de verdad, les
cuesta más.

Cuando supe la verdad de uno de esos impíos me le acerqué. Bueno el
trabajo; las úlceras parecían supurar en el hombro y en la espalda, pero
no era pus lo que salía, era una mentira. Y lo más falso era su
creencia, su devoción. Por su cuñado supe que aquel “trabajito le daba
muy buenos dividendos. Unos dos o tres meses arrastrándose por la ciudad
y soportando el enorme peso de aquella piedra lo hacía parecer un fiel
devoto, y lo mejor es que despertaba una enorme compasión; se sucedían
las limosnas, algunas podían llegar hasta 100 CUC. Así todos los días;
unos meses de farsa y luego a descansar, a vivir del buen teatro. Aunque
no lo crea el lector, de estos hay muchos en La Habana; menesterosos que
no lo son tanto.

Quizá seamos los cubanos quienes más cerca estemos de esa certeza que
tenía Schopenhauer, quien creyó en un mundo como voluntad y
representación, él mismo nos advirtió que si alguien no quería recibir
una mentira como respuesta no debía hacer preguntas. Los cubanos
aprendimos muy bien a escaparnos por la tangente. Ese aprendizaje
todavía tiene utilidad. Los cubanos aprendimos a mentir para sobrevivir.
Antes, cuando fueron expulsados los curas, en esos años en los que no
vinieron pontífices a la isla, muchos fieles se vieron obligados a negar
a Dios, a embaucar para conseguir la sobrevida. Ahora, cuando ya son
tres los papas que pasaron por aquí, la mentira es otra y viene de otro
lado. Ahora que la fe es permitida y vigilada, quien no la tiene la
simula, porque algunas veces esa devoción, esa angustia de mentirita es
la que llenará a algunos el plato que lleva la mesa, y mucho más. La
obediencia y la reverencia absoluta no es signo distintivo de estos
“fieles”, debe ser porque desde hace rato nos obligaron a mentir, a
simular, a representar, y poco importa a quien dediquemos tantas
reverencias, si todo lo que se quiere es la vida, la sobrevida.

Source: Tanto nos obligaron a mentir… | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/tanto-nos-obligaron-a-mentir/

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