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El Malecón apacible

El Malecón apacible
El Gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez presidentes
americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida” del
Barack Obama, se ha siquiera tambaleado
Alex Heny, Nueva York | 19/01/2017 9:31 am

En los últimos cincuenta y ocho años solo en una ocasión tuvo lugar una
protesta espontánea en Cuba como resultado del crónico e imparable
declive socioeconómico de la involución cubana.
Fue en agosto de 1994, un par de meses antes del nacimiento de mi hija
menor que ahora, mientras escribo este texto, revisa en su teléfono su
electrónico, sentada en el sofá al alcance de mi mano, a dos mil
kilómetros y veintidós años de distancia del Malecón inquieto y de la
Isla náufraga que hace apenas unos días se ha quedado sin salidas de
emergencia.
Era, por aquel entonces, la sazón del desastre bautizado, por ustedes
saben quién, con el más cínico eufemismo: Período Especial.
Período, que de cierta forma ya nunca se superó ni ha terminado, que de
especial no ha tenido nada, y sí mucho de calamitoso; crisis galopante
que el desmorone del Segundo Mundo y su socialismo de consignas y
banderola dejó tras de sí y, mientras el Malecón ardía en aquel agosto,
yo regresaba de Pinar del Río, donde había pasado una quincena buscando
un tesoro extraviado y comiendo una pasta rosácea, nauseabunda, mechada
con tramos de venas inmasticables, trozos de cartílagos, y pingajos de
blanquecinos pellejos de indescriptible origen.
Era la época todavía de ustedes saben quién, que en paz no descanse, y
de sus muchos delirios, y a mi regreso allí lo ví, en la televisión,
arropado por sus manadas de cuadrúmanos del Contingente Blas Roca,
paseándose con un insoportable aire triunfal por las calles despejadas a
golpes de cabilla y garrote, vacías ya de aquellos habaneros que habían
gritado, por primera y única vez, tras decenas de años de silencio, su
desespero.
Unos días después Cuba reventaba de nuevo como una pústula infectada, yo
perdía amigos que nunca más he visto, y comenzaba el tercer y penúltimo
éxodo cubano del siglo XX, el de los .
***
La apuesta más recurrente de estrategas foráneos, opositores de dentro y
fuera, anexionistas, independendistas, patriotas y patrioteros, ha sido,
siempre fue, que, si se atenazaba a Cuba con firmeza, si se sofocaba a
los cubanos con tenaz agarre, la presión resultante quebrantaría el
status quo, haría estallar el país, precipitaría un cambio definitivo y
sería el comienzo del fin de lo que hay ahora y la iniciación de la
nación cubana como país tercermundista capitalista; o sea, de un
desastre diferente.
Para soportar esa apuesta durante años se colocó en la mesa de juego del
conflicto entre los gobiernos de y Cuba el bloqueo
comercial, el aislamiento político, presiones, leyes, disposiciones,
forcejeos y desencuentros de todo tipo.
Eventualmente, quedó demostrada la inutilidad de estrangulamientos
económicos y acogotamientos comerciales: nada sucedió. Tampoco dió
resultado lo contrario, la política de terciopelo de Obama.
El Gobierno cubano, ni bajo la hostilidad de diez presidentes
americanos, ni ante la política aperturista de “mano tendida” del
presidente Barack Obama, se ha siquiera tambaleado. La pretendida
presión escapó en barcos, se asiló en embajadas, huyó en balsas, en
aviones, viajó de la mano de coyotes a través de selvas, de
Centroamérica, de las Antillas o aterrizó blandamente, hija, nieta de
español, en el de Miami.
Los analistas tratan de endilgar esa pertinaz supervivencia del
desgobierno cubano precisamente a esas huidas recurrentes de los
cubanos, partiendo de la premisa de que, los que huyen, son los más
decididos y aventureros, los que pudieran rebelarse en una
contra-involución y terminar con castrismos, los Castro y secuaces.
Insisten en que, por culpa precisamente de Estados Unidos, se han dado
esos salideros que no dejan aumentar la presión, gracias a la Ley de
Ajuste, y la recién abolida disposición presidencial llamada “pies
secos/pies mojados” (PSPM).
Quieren creer que los héroes cubanos están en la nación exiliada, y en
la que quisiera exiliarse, y que solo el taponeo de la frontera —no de
la cubana, sino de la estadounidense— traerá el cambio a Cuba.
Esa es la teoría.
***
Unas personas son entrevistadas en La Habana. Les invita el periodista
—de un medio digital, no oficial— a que opinen sobre la derogación de la
política de PSPM.
“Yo creo que es bueno para los cubanos que eso pase…”, dice uno. “Yo no
sé, ¿qué tú crees?”, replica otra. “No es conveniente que la gente se
ahogue tratando de llegar a los Estados Unidos…”, comenta un tercero.
Otros responden con frases más o menos trilladas, absurdas, casi
ininteligibles. Uno incluso menciona una victoria de la Revolución.
“La gente en Cuba no tiene cabeza para otra cosa que no sea la y
la supervivencia”, me dice mi hija, que a mi lado observa el video,
“Para colmo, cuando tienen que hablar de un tema importante que se sale
de la cosa cotidiana, adoptan automáticamente el lenguaje del
Noticiero”, acota. “Ya ni siquiera saben pensar o hablar por sí
mismos…”, concluye, y la tristeza le empapa la voz.
Esa es la práctica.
El fundamento de la permanencia de los Castro en el poder radica en el
apoyo de los cubanos de adentro; ya sea por inercia, convicción,
adoctrinamiento, temor, o simplemente por supina ignorancia de las
circunstancias en que viven y del mundo exterior sobre el que les
escamotean información, presentándoles una realidad adulterada e
inquietante.
El resultado es que la mayoría de la población cubana, cliente además
del abrevadero igualitario de la educación y la , nunca se opondría
abiertamente al Gobierno.
No creo entonces que el cierre de las vías de escape, cegadas
sorpresivamente por Obama justo antes que terminara su presidencia, vaya
crear ese esperado malestar, la gran desesperación, la definitiva
frustración en esos que no pudieron escapar a tiempo, y que veamos otro
Maleconazo.
La apuesta entonces sigue intacta, y con las mismas posibilidades de
ganarse, o sea, casi nulas. Para colmo 2017 no es, ni remotamente, 1994.
Pero, además del miedo y la desidia, conspira en contra de esa apuesta
uno de los aspectos más característicos de los cubanos contemporáneos:
el individualismo. Los cubanos no forman comunidad, ni dentro ni fuera
de Cuba, y sus planes y prioridades están exclusivamente enfocados al
mejoramiento de su estado material personal. No de su cuadra, de su
ciudad, de su pueblo, de su país: solo de sí mismos.
Compulsados a sobrevivir durante décadas de estrecheces de materiales e
intelectuales, la idea —tantas veces mezclada y confundida con el
chovinismo más pedestre— de Nación Cubana, ese ente supragubernamental,
orgulloso, contestatario y progresista que propiciaría los cambios, no
existe: ha sido sustituida por el “conmigo o contra mí”, por el “Por la
Patria, la Revolución, el Socialismo”, por el absurdo convencimiento de
que los males cubanos vienen del extranjero, desde ese mismo lugar donde
están las soluciones para esa masa menor, apolítica, pragmática,
oportunista, que solo quería huir, y no pelear.
***
Cuba, para desgracia de los que allí viven, seguirá siendo el lugar
donde naufragan los cubanos. El futuro, ese que se decía tenía una
salida de fin biológico, con la muerte de Fidel y Raúl, ya es casi
pasado, y se muestra más difuso que nunca.
El Malecón, frontera habanera, ahora es un paseo apacible para turistas
de medio pelo, sitio obligado de reunión para jóvenes que se evaden en
las madrugadas, a falta de un lugar para donde huir, bebiendo ron tibio
de cajas de cartón.

Source: El Malecón apacible – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-malecon-apacible-328410

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