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El tren lechero de la cultura cubana

El lechero de la cultura cubana
JOSÉ HUGO FERNÁNDEZ | Miami | 16 de Febrero de 2017 – 12:22 CET.

En el parque Manila, de El Cerro, en La Habana, existió durante decenios
una biblioteca pública excepcional, entre otros motivos porque no era
(ni es) común hallar instalaciones de este tipo en los barrios pobres
habaneros. Parece que por ajustes a la regla, un día, hace años ya, la
biblioteca amaneció cerrada. Luego empezó a deteriorarse, se fue cayendo
en pedazos, hasta quedar borrada del mapa.

De cualquier modo, a los vecinos del lugar les resta por lo menos el
consuelo de haberla tenido. Peor están los que nunca tuvieron una
biblioteca pública a mano, es decir, la generalidad de quienes viven en
las orillas de la capital. Eso por no hablar de pueblos adyacentes, y
mucho menos de los del interior de la Isla.

Es una calamidad sobre la cual el periodismo independiente no se ha
cansado de citar ejemplos y de airear denuncias a lo largo de muchos
años, recibiendo, a cambio, la indiferencia, la condena y el mentís de
las autoridades involucradas, como ha sido el caso concreto del director
de la Biblioteca Nacional José Martí, máximo rector metodológico de
estas instituciones en la Isla.

A ello habría que sumar el hecho de que en las pocas bibliotecas
públicas que aún quedan en pie se aplican normas discriminatorias
realmente feroces, en lo que concierne a títulos y autores que según
entienden los comisarios del reino, no deben leer los ciudadanos
corrientes. Son dictados inviolables, que empobrecen los estantes y
marcan la política de préstamos, con limitaciones tan absurdas y
demenciales que no poca gente en Cuba (quizá la mayoría) se hace vieja
sin leer una sola letra de algunos de los mayores escritores cubanos
contemporáneos y sin conocer siquiera por referencia a muchos de los
grandes del mundo.

Al mismo tiempo que tal debacle ha tenido lugar impunemente, lo que sí
hacen las autoridades del régimen es despilfarrar recursos y exhibir su
ignominiosa fuerza bruta, asediando, persiguiendo, encarcelando a los
organizadores de un modesto sistema independiente de bibliotecas
públicas, organizadas por ciudadanos con sentido común que decidieron
prestar sus propias casas para cubrir el hueco que el poder político
creó y sustenta en el horizonte cultural de la gente y en su capacidad
de elegir sin coyundas las lecturas que más le atraigan.

Si bochornoso y cavernícola resulta que desde la impunidad del poder se
reprima y se encarcele a las personas por el simple “delito” de
compartir sus libros con el vecino, con el conciudadano, no menos
abochorna constatar que tales barbaridades no obedecen sino al miedo que
experimenta ese poder ante la contingencia de perder una pizca de su
control totalitarista sobre la ciudadanía.

Sin , ocurre ahora que de pronto, hace solo unos días, la
Asociación de Escritores de la UNEAC se ha caído de la mata al enterarse
de que “algunas” bibliotecas públicas estatales “sobreviven al borde de
la destrucción o ya no existen”. De modo que ha lanzado su grito de
alarma, abogando por la protección de tales sitios. Indudablemente, a
esta institución, como al grueso de los escritores oficialistas que
apiña, les sucede lo mismo que al llamado “tren lechero”, famoso en Cuba
por llegar siempre tarde, las pocas veces que llega.

De lo que al parecer no se han enterado aún en la UNEAC es que en este
caso su tardío clamor no solo llega a destiempo, sino que representa el
clásico tiro por la culata.

Pues el abandono oficial de más medio siglo ante las posibilidades de
enriquecer y propagar el sistema de bibliotecas públicas, unido a la
censura mediocre y embrutecedora que lo tipifica, allanó el camino para
que los ciudadanos interesados en la lectura (que cada día son menos),
buscaran por su cuenta las vías para satisfacer gustos y necesidades. Y
hoy difícilmente estarían dispuestos a dejar las veredas de la
modernidad por volver al caminito de la barbarie.

Source: El tren lechero de la cultura cubana | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cultura/1487027405_28924.html

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