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La incuestionable huella de Obama

La incuestionable huella de Obama
Dejando a un lado las pasiones, su administración marcó un antes y un
después para Cuba
Lunes, marzo 20, 2017 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Dejando de lado las pasiones de los partidarios y
detractores de las políticas trazadas para Cuba por el recién salido
Barack Obama, no caben dudas de que, para bien o para mal,
éste marcó un antes y un después indeleble en la vida de los cubanos.

Primero fue con el restablecimiento de relaciones tras medio siglo de
confrontación, que —aunque no cubrió ni de lejos las elevadas
expectativas populares al interior de la Isla—, sí consiguió exponer a
la dictadura cubana al escrutinio de la opinión pública internacional y
demostrar que ésta es el verdadero freno para el bienestar y felicidad
de los isleños.

En consecuencia, aunque los cubanos no son más libres tras dos años de
acercamiento con el otrora “enemigo imperialista”, el castrismo se ha
quedado sin argumentos para justificar la ausencia de libertades
económicas, políticas y sociales, y así también ha perdido credibilidad
en los foros internacionales y en los círculos políticos, donde está
siendo abiertamente cuestionado.

Apenas unos días antes de abandonar la Casa Blanca, Obama dio otro paso
determinante al disponer la derogación de la política de “pies secos,
pies mojados”, dando al traste con los privilegios migratorios para los
cubanos en y barriendo con ello las esperanzas de un incontable
número de insulares que aspiraban a disfrutar en aquel destino soñado la
prosperidad y los derechos que no son capaces de demandar en su propia
tierra.

De esta manera, en solo dos años desaparecieron de golpe estas dos
excepcionalidades cubanas que parecían eternas: la de una vieja
dictadura, largamente tolerada por la comunidad internacional al ser
considerada la “víctima pequeña, heroica e indefensa resistiendo los
embates de la más poderosa potencia mundial”, y la de un pueblo
—igualmente víctima, perseguido, desvalido y sojuzgado por la dictadura
entronizada en el Poder— que se veía empujado a emigrar y que por tanto
merecía el privilegio consubstancial de permanecer tranquilamente en
territorio estadounidense por encima de cualquier otro inmigrante, no
más pisando el suelo de ese país.

Así, en lo sucesivo, el régimen de los Castro podrá ser considerado como
lo que realmente es: una prosaica dictadura sin atavíos heroicos;
mientras los cubanos que huyen de ella sin haber hecho el menor esfuerzo
por enfrentarla no serán calificados como “perseguidos políticos”, sino
como otros tantos migrantes comunes y corrientes, tal como esos que en
el mundo entero aspiran a disfrutar del bienestar y las oportunidades
que brinda el hecho de residir en el país más desarrollado del planeta.
Ni más ni menos.

Es decir, que si bien Barack Obama no mejoró ni empeoró la crisis
cubana, en todo caso habrá que agradecerle que puso las cosas en su
justa perspectiva, nos guste o no. Solo que a algunos (quizás a
demasiados) les resulta mucho más cómodo endilgarle la carga directa por
el actual estado de cosas en Cuba —incluido el incremento de la
represión—, mientras otros (más astutos) de aquí y de allá mesan sus
cabellos y desgarran sus vestiduras patrioteras contra la “traición” del
exmandatario, generalmente con la inconfesable intención de hacer
carrera política o de seguir medrando a costillas de la calamidad insular.

Son éstos los teóricos de “la mano dura” como carta de triunfo para
derrocar a la dictadura Castro, esta vez con el hipotético apoyo del
nuevo Presidente de EE.UU., como si esa estrategia no hubiese demostrado
su ineficacia durante los 50 años anteriores.

La triste paradoja es que, a juzgar por la realidad presente, el
castrismo —como otras dictaduras conocidas—, no “caerá” derrotado por el
pueblo indignado, harto de la pobreza y la opresión. Tampoco será
abatido por la tenaz lucha de la oposición o las presiones de algún
gobierno extranjero. Lo más probable es que, en lugar de caer, el
castrismo resbale suavemente por propia voluntad hacia otra ventajosa
forma de existencia en un escenario socioeconómico diferente.

Porque mientras no pocos corrillos de cubanos de todas las orillas se
desgastan y regodean entre reproches mutuos y lamentaciones inútiles, la
mafia verde olivo continúa tras bambalinas repartiéndose el pastel,
acomodándose tranquilamente en las mejores posiciones y moviendo sus
fichas bajo nuestras desapercibidas narices, para poder seguir
disfrutando de sus réditos y de los privilegios del poder cuando caigan
definitivamente los últimos restos del raído telón del “socialismo a lo
Castro”, que es todo cuanto va quedando del glorioso proyecto
revolucionario.

Para sorpresa del ejército de desheredados sobrevivientes del
experimento comunista, la progenie de la generación histórica y su
generalato acompañante podrían emerger transmutados en magnates y
empresarios, consumándose así el ciclo de la estafa iniciada en1959. Es,
hasta ahora, el escenario más probable.

Quizás para ese momento habrán transcurrido para los cubanos 60 años de
totalitarismo y once presidentes habrán pasado por la Casa Blanca, pero
hasta hoy solo uno de ellos, Barack Obama, habrá influido de manera tan
definitoria en el devenir político de la Isla.

Source: La incuestionable huella de Obama CubanetCubanet –
www.cubanet.org/opiniones/la-incuestionable-huella-de-obama/

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