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Me quito el sombrero ante usted, Comandante!

¡Me quito el sombrero ante usted, Comandante!
La prohibición de evocar materialmente al fundador de la dinastía cubana
y la campaña propagandística que lo exalta, se complementan de manera
perfecta
Martes, marzo 7, 2017 | René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba.- El diario miamense El Nuevo Herald publicó este lunes
el interesante reportaje “, más vivo que nunca en Cuba a los
cien días de su muerte“. El texto de Lorena Cantó comienza por una
constatación: “Cien días luego de su muerte y aunque Cuba ha limitado
por ley el uso de su nombre e imagen, la figura de Fidel Castro está más
presente que nunca en la isla, donde el fervor hacia el ex gobernante
comienza a cobrar proporciones mesiánicas que llegan incluso hasta la
comparación con Jesucristo”.

A partir de ahí, la colega recuerda los puntos culminantes del intenso
trabajo de agitación que realiza el aparato propagandístico del régimen
para recordar al finado: los constantes homenajes, los programas
televisivos diarios, los volúmenes dedicados al personaje, que incluso
opacaron la presencia de Canadá —país invitado— en la Feria del Libro.

A esto se ha unido la vulgar chicharronería —u obsecuencia, para que no
nos acusen de ignorar el castellano estándar—. Un avispado músico
compuso una canción cuya letra equipara a quien todavía estaba de cuerpo
presente con “Olofi y Jesucristo”. El titular del periódico Juventud
Rebelde del Día de Navidad, rezaba: “El tiempo no devora redentores”, un
intento burdo y transparente de comparar con el Crucificado al fundador
de la dinastía reinante, quien cumplía un mes de lo que la prensa
oficialista, con lenguaje de crónica social burguesa, se empeña en
llamar “desaparición física”.

Doña Lorena recurre al testimonio del líder del grupo opositor Arco
Progresista, Manuel Cuesta Morúa, quien declaró que lo sucedido “parece
ser algo contra el testamento de Fidel Castro”. Y agregó: “Parece que en
sus últimas voluntades no hablaba de los medios de comunicación, donde
su presencia es constante. Es una brecha que han utilizado…”.

Disiento de ese señor. No se trata de que exista “una brecha”. No creo
que haya alguna discrepancia entre la renuencia del “Máximo Líder” a
tener estatuas, o edificios públicos y calles con su nombre, por una
parte, y el desenfrenado barraje propagandístico con que lo exalta la
prensa gobiernista cubana, por la otra.

Lo que sucede es que en este asunto se ha puesto de manifiesto, de
manera muy clara, la proverbial astucia que caracterizaba al personaje.
A un individuo como él, que dedicó toda su vida a clavarse en la
historia —y lo logró—, debieron causarle gran impresión los repetidos
ejemplos de estatuas de otros personajes destacados que caían al suelo
con gran estrépito una vez terminados sus respectivos reinados de terror.

La lista es bien larga: Adolfo Hitler, Benito Mussolini o, más
recientemente, Saddam Hussein. En el ámbito caribeño: Rafael Leónidas
Trujillo; o — ¿por qué no decirlo?— las de cubanos ilustres que él mismo
mandó derribar: Tomás Estrada Palma, Alfredo Zayas. Y si vamos a
recordar ejemplos del propio mundo tenebroso del marxismo leninista:
¿Acaso se han olvidado los innumerables monumentos al “Padrecito de los
Pueblos”, el genocida Stalin, que rodaron por tierra?

Para alguien tan sagaz, la idea de estatuas suyas con duración limitada
en el tiempo, sólo podían hacerle recordar el refrán: “Pan para hoy y
hambre para mañana”. Lo mismo es válido para edificios públicos que
tuviesen grandes letras de bronce con su nombre y apellidos.

Igual sucede con las calles, aunque en este caso había otra desventaja
adicional: La vieja costumbre de los cubanos de hacerle “el caso del
perro” a los solemnes cambios de sus nombres. ¿Alguien recuerda qué
dicen las placas que señalizan a Galiano, Monserrate o Teniente Rey? ¿Se
imaginan ustedes qué fiasco si, al igual que ocurrió con la flamante
Avenida Salvador Allende —que sigue siendo Carlos III para todo el
mundo—, nadie recordara el nombre oficial de la calle Fidel Castro!

La ofensiva propagandística marcha por otro camino. El barraje
despiadado que martillea día y noche sobre las mentes de los cubanos,
ese proceso que alguien bautizó con una frase exacta y lapidaria —lavado
de cerebros—, es otra cosa. Se trata de otra faceta de la misma
realidad, que complementa de manera perfecta la prohibición antes
mencionada.

Los millones de palabras de loa se los llevará el viento; los programas
de radio o televisión sólo quedarán en el recuerdo de quienes los
padecieron. Los innumerables volúmenes publicados sí pudieran ser
destruidos, pero ya se sabe que las quemas de libros tienen — ¡y con
razón!— muy mala fama.

Entonces, si vamos a ser francos, aun reconociendo todo lo que de
negativo ha representado el personaje para el pueblo cubano, sólo cabe
que, al referirnos a este asunto, comentemos: ¡Me quito el sombrero ante
usted, Comandante!

Source: ¡Me quito el sombrero ante usted, Comandante! CubanetCubanet –
www.cubanet.org/facebook/quito-el-sombrero-ante-usted-comandante/

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