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Los riesgos de hacer negocios en Cuba: cárcel, despojo y expulsión

Los riesgos de hacer negocios en Cuba: cárcel, despojo y expulsión
MANUEL C. DÍAZ
Especial/el Nuevo Herald

Mucho antes de que el Barack Obama estableciese relaciones
diplomáticas con Cuba y de que algunas compañías norteamericanas como
Carnival Cruise Lines, Airbnb, Starwood Hotels y Jet Blue, comenzasen a
hacer negocios en la isla, ya había empresas españolas, inglesas,
canadienses, italianas, chinas y japonesas firmando contratos en La
Habana. La mayoría de ellas, siempre que acatasen las reglas del
gobierno cubano y tuviesen un poco de suerte, operaban sin tropiezos.

Sin , otras no fueron tan afortunadas; la policía cerró sus
oficinas, el gobierno confiscó sus bienes y algunos de sus directivos
terminaron en la cárcel. Como le ocurrió al arquitecto inglés Stephen
Purvis, que acaba de publicar un libro titulado Close But No Cigar: A
True Story Of Life In Castro’s Cuba, en el que narra los horrores
que vivió en una prisión cubana: “A partir de ahora usted no tiene
nombre; es el prisionero número 27”.

Pero no siempre fue así. Antes de que lo detuviesen y fuera trasladado a
Villa Marista en marzo del 2012, sede de la Seguridad del Estado, para
ser interrogado, Purvis era el jefe de operaciones de Coral Capital
Group, una firma inglesa que había trabajado en la renovación del famoso
Saratoga y en la construcción de un lujoso campo de golf frente al
mar en las afuera de La Habana, un millonario proyecto al que llamaban
Bellomonte.

Purvis vivía con su esposa Sarah y sus cuatro hijos en un elegante
barrio habanero y era una prominente figura en la comunidad de
empresarios extranjeros. Sus intereses no solo eran económicos sino
también artísticos: en su tiempo libre produjo el musical Havana
Rakatan, que llegó a presentarse en la Opera de Sidney y el West End de
Londres. Sí, todo le iba bien a Stephen Purvis y su familia: “Vivíamos
un sueño” dice en su libro.

Pero, de repente, todo cambió: “Mi jefe fue detenido y acusado
provisionalmente de revelar secretos de Estado y de corrupción”. Se
refiere a Amado Fakhre, un inglés de origen libanés que era el Jefe
Ejecutivo de Coral Capital Group. Ese mismo día, al saber la noticia,
Purvis pudo haber escapado; pero no lo hizo: “Debí haber ido al
y tomar el primer avión que saliera, pero no quise huir; yo
no era un ladrón”. Grave error: unos meses más tarde lo detuvieron en su
propia casa. El sueño había terminado; la pesadilla recién comenzaba.

Interrogatorios en Villa Marista

En su libro, Purvis describe, primero, su llegada a Villa Marista:
“Estoy ahora en un salón en penumbras. Las paredes están cubiertas de
unos paneles de madera oscura con algunos listones desprendidos. Hay
unos desvencijados sofás forrados de vinilo carmelita y un banco de
madera”. Después describe cómo le toman las huellas dactilares, lo
fotografían, le sacan muestras de sangre para ser examinadas, lo
desnudan y le ordenan vestirse con el uniforme de los prisioneros. Por
último describe las dimensiones de la celda en la que es encerrado: “No
mucho más de seis pies cuadrados”.

Después de ocho meses de interrogatorios (”¿A quién le pasabas
información? ¿Qué información? No me mientas; esto es serio”) fue
trasladado a La Condesa, una cárcel en las afueras de La Habana en la
que purgan sus condenas los extranjeros: “Mis compañeros de cautiverio
eran asesinos convictos, traficantes de drogas, pedófilos y violadores”,
explica en el libro. También había otros cuatro empresarios extranjeros
que, como él, estaban a la espera de que le celebrasen juicio.

Al fin, casi dos años más tarde, le celebraron un juicio secreto. Fue
encontrado culpable de “transacciones ilegales de moneda extranjera”,
sentenciado a los 36 meses que ya había cumplido y puesto en .
Finalmente logró regresar a Londres y pudo reunirse con su familia.

El fin del ‘romance’ con el gobierno cubano
El caso de Stephen Purvis no es el único. Cy Tokmakjian, canadiense de
origen libanés y presidente de una compañía automotriz que se dedicaba a
importar vehículos y equipos de construcción, fue acusado de corrupción
y sancionado a 15 años de prisión. Otro canadiense, Sarkis Yacoubian,
fundador de Tri-Sar Caribbean, una empresa también dedicada a la
importación de automóviles y que era representante exclusivo de Hyundai
y Suzuki, también fue acusado de corrupción y de evasión de impuestos y
condenado a nueve años de cárcel.

A partir de estos casos, numerosas publicaciones especializadas en
economía, entre ellas Global Risk Insights, Harvard Business Review y
The Economist, así como firmas consultoras y analistas políticos,
comenzaron a advertir de los riesgos de invertir en Cuba. Por ejemplo,
una compañía extranjera debe aceptar ser un “socio minoritario” y si no
cumple lo que se espera de ellas, el gobierno puede arbitrariamente
cancelar el acuerdo de cooperación, con el agravante de que no hay un
sistema independiente de justicia ante el cual el inversionista pueda
reclamar. La firma extranjera no puede contratar sus propios empleados y
debe hacerlo a través del Ministerio del Trabajo. Los salarios se le
pagan en dólares al gobierno, quien a su vez se los paga a los
trabajadores en pesos cubanos no convertibles, los llamados CUP, que
forman parte de su intrincado sistema monetario dual.

En un simposio organizado por la Fundación Konrad Adenauer y la
de Florida celebrado en Berlín, uno de los participantes, el
abogado cubano Pedro Fuentes Cid, hizo un análisis sobre la nueva ley de
inversiones cubanas y recordó la suerte que habían corrido numerosos
empresarios extranjeros, entre ellos los ya mencionados Purvis,
Tokmakjiam y Yacoubian.

“El gobierno cubano, en su permanente búsqueda de subsidios para la
quebrada economía de la isla, tuvo la idea de atraer inversionistas
extranjeros creando una ley que les diera la ilusión de que sus
inversiones estarían protegidas y que sus ganancias podrían ser
exportables”, dijo Fuentes Cid a el Nuevo Herald.

“Los joint ventures comenzaron entonces a multiplicarse; pero fue solo
por un tiempo”, agregó. “La corrupción aumentó en el sector
gubernamental y los empresarios extranjeros debieron recurrir al soborno
para que las cosas funcionasen; muchos de ellos fueron encarcelados o
deportados y, como consecuencia, de las 400 compañías extranjeras que
existían, 200 dejaron de operar en la isla”.

Muchos analistas pensaron que después del restablecimiento de relaciones
diplomáticas entre Cuba y así como el levantamiento de
algunas de las restricciones de viajes y la autorización a instituciones
financieras para operar en la isla, la economía cubana mejoraría; pero
no ha sido así. ]

“No mejorará a menos que adopten un sistema de libre mercado”, afirmó
José Azel, investigador del Instituto de Estudios Cubanos y
Cubanoamericanos de la Universidad de Miami. “La economía cubana por ser
de planeamiento central es un desastre”.

Cuba lo sabe, pero no va a cambiar su sistema. Es por eso que, previendo
el desplome económico de , sigue buscando desesperadamente
nuevos socios comerciales. Pero, ¿los ha encontrado?

“En Cuba solo están invirtiendo ahora grandes empresas; casi todas en el
sector turístico”, dijo Azel. “Mientras los inversionistas extranjeros
sean accionistas minoritarios y no puedan contratar libremente a sus
obreros, en lo que yo he llamado un ‘sistema de esclavitud’, no
aumentará el número de ellos en la isla”.

Al parecer, los riesgos de invertir en Cuba, con relaciones diplomáticas
o sin ellas, seguirán siendo los mismos: cárcel, despojo y expulsión.

Source: Los riesgos de hacer negocios en Cuba: cárcel, despojo y
expulsión | El Nuevo Herald –
www.elnuevoherald.com/opinion-es/trasfondo/article141815624.html

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