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Cuba: el hueco, el barrio de Santa Clara que a solo unos pasos del mausoleo del Che no tiene ni nombre, ni agua, ni comunicación

Cuba: el hueco, el barrio de Santa Clara que a solo unos pasos del
mausoleo del Che no tiene ni nombre, ni , ni comunicación
Abraham Jiménez Enoa
Santa Clara, Cuba, especial para BBC Mundo

-¿Dónde tú vives? -le dijo el policía.
-Allá abajo -respondió Raudel, un joven de 19 años, señalando con el
dedo índice de su mano derecha hacia las casuchas que se levantan del
matorral.
-Pero tú sabes que no puedes estar aquí arriba, que hay turistas a esta
hora -dijo el otro policía.
-Pero yo vivo aquí -volvió a responder Raudel, que antes se había
levantado de una piedra ovalada y alta, y había soltado el palito de
madera con el que dibujaba círculos en la tierra húmeda.
-¡Enséñame tu carnet de identidad! -ordenó el primer policía.
-No lo tengo aquí, pero además mi barrio no tiene calles ni nombre.
Nosotros le decimos “el hueco”, pero así le decimos nada más la gente de
aquí.
-Bueno, es la segunda vez que te decimos que no puedes estar aquí,
tendrás que acompañarnos a la estación.
El sol radiante pegó en el techo blanquísimo de la patrulla policial.
Algunas nubes dejaron de moverse y se quedaron tranquilas en el
cielorraso. El carro arrancó.
Raudel, solo en el asiento trasero, volteó la cabeza y por las
ventanillas lo único que encontró fue la enorme figura de bronce de 21
pies del Che Guevara con su brazo enyesado atravesando la alfombra azul
que se acuesta allá arriba.
Debajo de su efigie, la expresión más enigmática de y la
revolución cubana: “Hasta la victoria siempre”.

“El hueco” es “el hueco” solo para los que viven en “el hueco”.
Para el resto de las personas no tiene nombre, no existe. En el mapa de
la Asamblea Provincial del Poder Popular de Villa Clara, que muestra
todo el territorio dividido en municipios, no sale, no lo contempla.
El barrio es un caserío pobre e indigente que está a solo unos metros de
la Plaza de la Revolución de Santa Clara.
Una manzana, no más, envuelta en un arrabal de matas y árboles que
crecen en un fango escamoso. No hay calles, solo un trillo de tierra que
se desmarca de la hierba alta y va de puerta en puerta, de casa en casa,
de choza en choza.

Los carteros no van a entregar los correos postales porque no hay
direcciones.
La empresa de comunales no pasa a recoger la basura ni poda los árboles
y por eso los pocos cables que hay en el barrio viven enredándose con
las ramas y haciendo cortes eléctricos. Cortes que dejan sin
electricidad, días y días, a las pocas casuchas que gozan del privilegio
de oír la radio o ver la televisión.
La empresa eléctrica no puede ir a un lugar que no existe -legalmente-.
Y como no existen -legalmente-, las personas del barrio sin nombre
tampoco pueden levantar casas o hacerlas de mamposterías.
La ley les impide, incluso, asomarse en la Plaza de la Revolución,
porque las “conductas de asedio al ” son penadas.
Por eso, a unos metros de su casa, la policía se llevó a Raudel bajo ese
supuesto cargo.

1987 fue el año de la desgracia para el barrio. Año en el que se
construyó la Plaza de la Revolución de Santa Clara y en el que el
gobierno provincial declaró los alrededores del sitio como “zona vedada”.

La mayoría de las más de 300 personas que viven aquí lo hacen de manera
.
Los únicos hogares que están autorizados a permanecer son los que
estaban construidos antes de que se levantara la Plaza de la Revolución.
Que son tres casas, las únicas de mampostería, el resto, las ilegales,
son de madera y cartón mojado.
Según Remberto Suárez del Ministerio de la Construcción, el estado
cubano considera un hecho fuera de la ley “el asentamiento, la estancia
y la convivencia de ciudadanos en las zonas declaradas inhabitables y
vedadas”.
Según la Oficina Nacional de Estadísticas, en el último censo de
población y publicado en 2012, los habitantes de este barrio
quedaron fuera del conteo final que declaró que en Villa Clara residían
833.424 personas y de ellas 210.220 ciudadanos en Santa Clara, la
capital provincial.

“Nosotros estamos incomunicados. Del camino de la Plaza hacia dentro no
hay teléfonos. Aquí la gente vive a timbales”, dice el gordo Carlos
desde un taburete viejo.
La casa de Carlos es la de mejores condiciones en todo el barrio. Es de
ladrillos y eso ya es un lujo, es grande y tiene varias habitaciones.
Cuando hay mal tiempo y la lluvia arrecia y las casas de madera o cartón
se hunden en el fango tragón, cuando hay ciclones y huracanes, Carlos le
abre la puerta de su casa a todos los del vecindario y allí se amontonan
hasta que pase la tempestad.
Carlos es como el patrón de la zona. Tiene un puesto de hortalizas. Eso
aquí basta para que todos lo vean como un rey.

En tiempo de huracanes, los primeros que siempre llegan a casa de Carlos
son Teresa -60 años- y su hijo -29 años-. Teresa, postrada en su sillón
de ruedas. El hijo, con los ojos idos, balbuceando algo, algo que no se
entiende.
Llegan de primeros porque no tienen agua en la casa, porque no confían
en los pedazos de madera podrida que tienen de techo y porque se han
quedados solos en la vida.
A Teresa le falta un riñón y tiene el otro enfermo, una insuficiencia
renal la tiene cada vez más disminuida, más ausente, más hablando bajito.
El hijo nació con alguna malformación congénita por la que no he querido
preguntar, a su edad apenas puede encadenar tres palabras con esfuerzo,
pero cruza todos los días la ciudad para ir a la donde trabajaba
su padre como custodio y buscarle la a su madre.
También atraviesa toda la ciudad empujando la silla de ruedas donde va
Teresa cuando ella se pone mal o cuando tiene algún turno médico de rigor.

Hay unos dos kilómetros entre el barrio sin nombre y el , dos
kilómetros que el hijo de Teresa tendrá que empujarla a todo gas.
Su tratamiento médico al igual que la educación de los que viven en el
hueco sí son gratuitas y están garantizadas, como para el resto de los
cubanos.
Antes de caerse de la mata de coco y fallecer, el esposo de Teresa le
pidió al estado un subsidio para construir una casa en mejores
condiciones. El estado los atendió pero aún no le han dado respuesta a
la familia. Solo les han mandado un trabajador social que los visita dos
veces al mes.
“Yo no soy maga, yo hago lo que pueda según los recursos del estado.
Ellos están en una situación crítica pero recuerda que son ilegales”,
dice Yusmary Alcántara, la trabajadora social que atiende a Teresa y su
hijo.
Teresa y su hijo viven con los 242 pesos cubanos -casi 11 dólares- que
les dejo la pensión del fallecido.

“El negro” no quiere decir su nombre porque estuvo y dice que eso
lo puede complicar de nuevo. “El negro” me dice que pase y adentro tiene
nylon por todas partes para cuando llueva no llueva adentro también.
De sus 49 años, lleva 40 en el barrio. “Esto era un monte y tuve
chapearlo para levantar la casa para mi mujer y mi hijo. Pero así y todo
se me ha caído dos veces”, dice.
Hace unos días, al negro, como le llaman los vecinos, le dieron la buena
noticia de que el estado le iba a otorgar un terreno y un subsidio para
que pudiera levantar otra casa. El préstamo es de 1.875 pesos cubanos
-78 dólares- a pagarlo en 60 días y el terreno de 8×20 metros.
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Como están ilegales, la mujer del negro no tiene trabajo y él lo único
que ha podido encontrar, tras salir de prisión, es una brigada de
chapeadores. Ahí le pagan poco, no me dice cuánto. El tiempo pasa y es
su mayor enemigo.
Afuera de su casa hay dos perras recién paridas. Tiene palomares en el techo

“Por culpa de ese señor que está ahí parado, a todas estas casas que
están a su alrededor las han querido tumbar”, dice Ramón mirando al Che
y sacando un clavo de una madera en la entrada de tierra de su casa.
Ramón vive en la casa de su mujer Gladys. Desde la puerta se puede ver
la efigie de bronce del Che Guevara.
Ramón -55 años- lleva un reloj Seiko en su mano izquierda, a la derecha,
le faltan los dedos índice y anular. Gladys -41 años-, de arriba abajo
está llena de bisuterías baratas.
A parte de los jarrones de hervir agua y los sartenes para cocinar, en
casa de Ramón y Gladys lo único de valor que hay es una vieja grabadora
Sharp y un televisor chino Atec-Panda que tiene de antena un palo de
caña brava.
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“Ya no voy a las reuniones. Allá arriba lo que hay es mucha mentira”
dice Ramón refiriéndose a su antigua militancia del partido comunista.
“Pero mis ideas nadie me las quita, no me voy a meter en esa mierda de
la disidencia”, agrega.
Ramón es granitero de profesión. Ha trabajado toda su vida puliendo
losas y mosaicos de pisos. Cuando en la década de los 80 comenzó la
construcción de la Plaza de la Revolución de Santa Clara, Ramón fue uno
de sus obreros.

Hoy dice: “¿Quién nos iba a decir que esa plaza nos iba a poner en esta
situación? Aquí no llega el agua del acueducto, nos enfermamos y los
carros no entran, no hay comunicación, no nos dejan pararnos en la plaza
por asedio al turismo y además el gobierno dice que no puede invertir
porque es una zona de afectación”.
Ramón canta una canción mexicana: “tenía un chorro de voz y ahora queda
solo un hilito”.

Source: Cuba: el hueco, el barrio de Santa Clara que a solo unos pasos
del mausoleo del Che no tiene ni nombre, ni agua, ni comunicación – BBC
Mundo – www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40524306

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