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Fidel Castro en el humor y el olvido

en el humor y el olvido
YOANI SÁNCHEZ, La Habana | 03/07/2017

Durante décadas los cubanos fuimos bombardeados por la propaganda
oficial con materiales sobre la supuesta genialidad de Fidel Castro. En
esas apologías no solo era padre, sino también estratega, visionario,
pedagogo, agricultor y ganadero, entre otras excelsas facetas. Sin
, aquel prototipo de patriarca, científico y mesías tenía algunas
“patas cojas”.

Con el tiempo, muchos comprendimos que el Máximo Líder no era tan
sobresaliente como nos querían hacer creer. En su contra tenía varios
defectos capitales: carecía de toda capacidad para la autocrítica, jamás
ejercitó el debate y no se le dieron bien la ironía ni el humor: los más
difíciles y elevados escalones del intelecto humano.

Pese a todas las decisiones desacertadas que tomó, Castro murió sin
decir “lo siento”, a contracorriente de aquello que dice “errar es
humano pero rectificar es de sabios”. Mi generación esperó en vano su
disculpa por los preuniversitarios en el campo, junto a otros tristes
experimentos educativos, al igual que aguardó un mea culpa por las
víctimas del Quinquenio Gris, la Unidades de Ayuda a la Producción
(Umap) o las purgas estalinistas.

La controversia tampoco era el terreno del Comandante en Jefe. Rehuyó la
diatriba y se apertrechó en datos escogidos que después volcó sobre los
incautos periodistas extranjeros y las multitudes congregadas en la
Plaza de la Revolución. Le gustaba que dijeran: “¡Qué hombre más
informado!”, cuando en realidad solo era un gobernante con acceso a una
información que no estaba permitida a sus ciudadanos.

Castro ahogó en largas horas de discursos lo que hubiera sido una sana
plática política y una discusión constructiva para mejorar la nación.
Debíamos adorarlo o aplaudirlo, nunca contradecirlo. Jamás cedió
protagonismo, temeroso quizás de que nos diéramos cuenta de que “el rey
está desnudo” o de que el guerrillero no tenía “la menor idea” de lo que
hablaba.

Todas las veces que el fallecido líder se acercó a la polémica quedó mal
parado. Cuando ejercitó ese egregio deporte que es la esgrima verbal, lo
vencieron en el primer acto. Su manera de encajar aquellas derrotas era
apabullando al otro con larguísimos discursos o consiguiendo adláteres
que destruyeran la reputación del contrincante. Fue mediocre como
gladiador de la palabra.

Los chistes tampoco fueron su fuerte. Aunque Castro fue blanco de miles
de historias humorísticas no demostró en toda su vida tener dotes para
las bromas. En un país donde la chanza está a flor de piel, aquel
encorsetado personaje —vestido de verde olivo y con frases graves o
admonitorias— destapó más de una burla.

La muerte ha remarcado aquella falta de carisma para la guasa. El hombre
que en vida fue blanco de miles de bromas sobre su fallecimiento y su
presunta llegada al infierno lleva más de medio año muerto sin que el
humor popular se digne a mencionarlo. Ni siquiera Pepito, el eterno niño
de nuestros cuentos, ha querido “retratarse” con el difunto.

Triste la suerte de aquellos a quienes no se recuerda en una broma.
Pobre de quien nunca dijo “me equivoqué”, jamás conoció el gozo de
batirse con argumentos ante un adversario y ni siquiera logró paladear
la gracia del humor.

Source: Fidel Castro en el humor y el olvido –
www.14ymedio.com/blogs/generacion_y/Fidel-Castro-humor-olvido_7_2247445234.html

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